Jairo Guerrero tenía la idea de una percepción más allá de los sentidos tradicionales, de una sensibilidad expandida, que dialogara muy bien con lo que buscaba musicalmente. Quería que quien se encontrara con su proyecto empezara a atar cabos, a reconocer elementos que dialogan entre sí, y en ese proceso, activara su propio “sexto sentido”. Porque al final, los sentidos son eso: sonido, imagen, intuición.
Inspirado en el cuento homónimo del poeta mexicano Amado Nervo. Es una obra que fusiona música electrónica con piano clásico y que se presenta de manera expansiva en varios formatos: como álbum, como cuento descargable en PDF y como experiencia visual que acompaña cada track en Spotify. Toda la propuesta está reunida en el sitio: www.misextosentido.net.
Platicamos con él para conocer más detalles sobre su nueva obra.
1. Sexto Sentido, tu más reciente trabajo, está inspirado en un cuento de Amado Nervo. ¿Qué elementos de este relato te llevaron a traducirlo en una experiencia musical? ¿Qué resonó en ti de ese texto?
Una de las cosas que más me resonó del cuento fue el universo paralelo que plantea a partir de las visiones del protagonista. Hay una atmósfera distópica que conecta de inmediato con lo que yo quería construir: un disco de música electrónica para un presente distópico, con tintes de ciencia ficción. Me sorprendió encontrar un relato así de Amado Nervo. Uno suele asociarlo con la poesía romántica, pero aquí aparece como un precursor de la narrativa de ciencia ficción en México, desde principios del siglo XX.
Has desarrollado Sexto Sentido como una propuesta transmedia: disco, cuento en PDF y visuales para cada pista. ¿Qué buscabas lograr con esta expansión del formato tradicional de álbum?
No me interesaba hacer un disco tradicional. Sexto Sentido pedía algo más. No solo por su vínculo con un cuento literario, sino por la necesidad de generar una experiencia completa. La expansión no está solamente en los distintos formatos —el álbum, el texto, los visuales— sino en la manera en que la obra se recibe. Cuando una obra es expansiva, no significa que se presenta en muchas plataformas; significa que tiene la capacidad de desplegarse dentro de quien la escucha, de abrir conexiones, de activar sentidos.
Y parte fundamental de esa expansión fue conectar directamente la música con la palabra. Por eso incluí además el cuento original de Amado Nervo en un PDF interactivo, donde fragmentos de la lectura están vinculados con las canciones del disco en Spotify. Era una manera de que el texto y el sonido se tocaran como dimensiones distintas de una misma experiencia.
¿Cómo es tu proceso de composición cuando el punto de partida es un texto literario? ¿El sonido aparece primero o dejas que la palabra dicte el ritmo?
La palabra siempre dicta el ritmo. Pero antes de llegar al sonido, me sumerjo en lo que sugiere más que en lo que dice. No se trata de ponerle música a un poema, sino de dejar que el lenguaje active una arquitectura sonora. A veces el texto detona un estado emocional, a veces una secuencia armónica, a veces una imagen acústica más abstracta. Es un diálogo vivo.
La literatura, sobre todo en ciertos relatos, tiene una dimensión muy audiovisual. Y cuando me enfrento a un texto como El Sexto Sentido de Amado Nervo, más allá del relato, lo que veo es una suerte de guion. En ese sentido, lo que construyo no es una serie de canciones, sino una banda sonora.

La fusión de electrónica con piano clásico no es tan común. ¿Qué representa para ti el piano dentro de este nuevo disco y qué lugar ocupa en la narrativa sonora de la obra?
El disco tiene dos protagonistas, igual que el cuento: el personaje que vive en tiempo presente y el presente mismo, que cambia y se distorsiona a medida que se activan sus visiones. En la música, esa dualidad está representada por el piano y la electrónica.
El piano es el cuerpo, lo orgánico, lo humano. Representa al personaje que intenta adaptarse a esa nueva percepción que lo rebasa. La electrónica, en cambio, es el entorno alterado, ese presente distorsionado donde los sentidos se expanden y todo empieza a mutar.
El diálogo entre ambos, más allá de buscar un equilibrio, propone una adaptación de un mundo al otro. Finalmente, como bien plantea la pregunta, esta fusión no es tan común, como tampoco lo es una persona con visiones del futuro tratando de habitar un presente que comienza a volverse distópico.
Tu experiencia como miembro de la Academia Latina de la Grabación te sitúa en una posición singular. ¿Cómo percibes la apertura —o resistencia— de la industria latinoamericana hacia propuestas experimentales como la tuya?
La industria sigue teniendo una deuda con la experimentación. Hay espacios, pero son pocos, y muchas veces son más tolerados que realmente valorados. La categoría de electrónica dentro de los premios todavía se asocia principalmente a la pista de baile, no al arte sonoro ni a la exploración conceptual. Y aunque eso sigue siendo una limitación, también representa una oportunidad: obliga a más artistas a pensar en obras completas, en piezas conceptuales que vayan más allá del single, que sigue siendo el formato dominante en la música electrónica.
En ese sentido, el artista que construye narrativas en lugar de solo canciones abre posibilidades desde otro enfoque. Por ejemplo, categorías como Álbum Instrumental en los Latin Grammy permiten que proyectos como Sexto Sentido sean considerados y recibidos, pero solo cuando se presentan con una estructura clara y una historia detrás. Es en ese contexto donde esta música —aunque electrónica— empieza a ser entendida desde otro lugar.
En un entorno digital saturado de estímulos, ¿cómo dialoga una obra como Sexto Sentido, tan introspectiva y poética, con las plataformas de consumo rápido como Spotify o redes sociales?
Creo que justamente lo introspectivo, lo poético y lo conceptual —en medio de tanto estímulo digital— es lo que termina siendo ruido. Pero ruido en el mejor sentido: una interrupción. Yo lo veo como una bocanada de oxígeno y de nuevas especies sanas en un océano saturado de latas de atún de mala calidad.
Sexto Sentido, y muchos de los proyectos que desarrollo en el cruce entre arte sonoro y literatura mexicana, dialogan en otra frecuencia. No pretenden competir con el algoritmo ni adaptarse a los ritmos del consumo rápido. Simplemente están. Y quien los encuentra, los encuentra. Muchas veces, en medio de la saturación, hay quienes se topan con trabajos como este, y quiero pensar que lo agradecen. Porque necesitamos obras que estén en otro tenor, que no se midan solo por su número de reproducciones, sino por lo que siembran.
En ese sentido, Sexto Sentido y Techxturas Sonoras funcionan como un caballo de Troya. En apariencia es música electrónica, un lenguaje cercano a las generaciones actuales, pero lo que lleva adentro son guiños a la memoria literaria, fragmentos de una palabra que se ha ido dejando atrás. Y si presentar esta herencia literaria desde un lenguaje sonoro contemporáneo permite que algunas semillas germinen, entonces vale la pena infiltrarse.
¿Qué papel juega la visualidad en tu música? ¿Colaboras con artistas visuales o concibes tú mismo los acompañamientos que enriquecen lo sonoro?
Sí, concibo el universo visual desde el inicio del proyecto como una extensión del discurso. En el caso específico de Sexto Sentido, lo hice yo mismo y trabajé con materiales muy definidos, más cercanos al videoarte: clips de stop motion, secuencias en loop y algunas imágenes que no ilustran, pero sí complementan lo que se escucha. La idea era construir atmósferas visuales que compartieran el mismo lenguaje que el sonido, sin explicarlo.
En el caso del proyecto más amplio que vengo desarrollando en paralelo —Techxturas Sonoras— la relación entre sonido e imagen es aún más directa. En los recitales en vivo, los visuales están completamente al servicio de lo que se escucha: corren en sincronía con la música que voy construyendo en tiempo real y con las grabaciones de poemas que intervengo en vivo. En algunos casos he colaborado con artistas visuales; en otros, soy yo quien crea todo el material.
Lo importante es que lo visual vaya por el mismo carril del texto y de la sonoridad. Por eso las visuales son tan importantes en este proyecto: no solo enriquecen lo sonoro, sino que amplifican la experiencia inmersiva, conectando al público de una forma más especial, tocando no solo el sentido de la escucha, sino también el de la vista.

¿Qué autores mexicanos —poetas o narradores— consideras fundamentales en tu imaginario artístico? ¿Hay alguno que te gustaría musicalizar en el futuro?
Mi trabajo sonoro comenzó con un objetivo claro: rendir un homenaje a la memoria literaria de México desde la música electrónica. En ese sentido, inicié con textos de autores mexicanos del siglo XX como Octavio Paz, Rosario Castellanos, Juan José Arreola, Efraín Huerta… Pero con el tiempo, ese camino se fue profundizando. Lo que en un inicio era una exploración literaria se convirtió en una investigación más centrada en la memoria, en lo que ha sido desplazado por la velocidad del presente.
Hoy, gran parte de mi música se inspira en autores del siglo XIX, en voces que han quedado fuera de la conversación cultural y que me interesa traer de vuelta: Amado Nervo, Manuel Acuña, Manuel José Othón, Esther Tapia de Castellanos, María Enriqueta Camarillo, Leona Vicario, entre otros.
Más que musicalizar textos, lo que busco es activar esas memorias y palabras a través del sonido. El repertorio de autores, poetas y narradores mexicanos del siglo XIX es extenso, y mi intención es seguir trabajando con todos los que resuenen con la sensibilidad de lo que hago.
Finalmente, ¿cómo imaginas la evolución de tu obra: seguirás explorando desde la poesía, o hay otras narrativas o territorios sonoros que te gustaría investigar próximamente?
Mi trabajo ha estado siempre vinculado a la palabra, y la poesía seguirá siendo un eje central. Pero también ha empezado a expandirse hacia otros territorios. Este año preparo un nuevo álbum en vivo que reunirá parte del repertorio inédito —textos del siglo XIX recientemente integrados al recital— y verá la luz hacia el último trimestre. Será una nueva entrega dentro de un archivo sonoro que no deja de crecer.
Paralelamente, he trabajado en la musicalización de Le Voyage dans la Lune, de Georges Méliès, que será presentada el próximo año como obra audiovisual integral, tanto en disco como en formato escénico. También estoy desarrollando una colaboración con algunos artistas plásticos de México, donde reinterpretaré piezas visuales desde la música electrónica.
A futuro, me interesa acercarme a los textos de la poesía prehispánica, y ver qué puede surgir del cruce entre palabra ancestral y sonido electrónico contemporáneo.
Finalmente, todo esto responde a una misma intención: seguir activando memorias desde el sonido. Proyectos como Techxturas Sonoras, discos como Sexto Sentido y las nuevas colaboraciones no son caminos paralelos, sino partes de una misma búsqueda que siempre vuelve a una misma pregunta: ¿cómo se escucha la memoria?
