Entrevista a Brisa Vázquez, cofundadora de Tutti Frutti
En una charla abierta y llena de energía, Brisa Vázquez —cofundadora de Tutti Frutti, proyecto que une música latinoamericana — y actual baterista de Los Ezquisitos, comparte con Depósito Sonoro su visión sobre este lugar que tuvo sus puertas abiertas del año 1985 a 1992. La entrevista, conducida por Iván Luna Luna, explora la historia de este lugar. Su paso por Tutti Frutti —plataforma que surgió con la intención de celebrar la diversidad sonora latinoamericana— le mostró el valor de generar comunidad desde el latido musical, una lección vital para su carrera. Existen antros que marcan la vida nocturna de una ciudad. En la de México existió un pequeño bar entre los 80 y los 90 donde se armaba el aquelarre los fines de semana: el Tutti Frutti. Hoy los documentalistas Laura “Loretta” Ponte y Alex Albert buscan producir un documental con Danny Yerna y Brisa Vázquez, los artífices del también llamado “templo del underground”. En ese tembloroso año de 1985, cuando la ciudad bailó, quienes la atravesábamos hasta el extremo norte para llegar al Tutti en realidad formábamos lo que hoy se llama una “comunidad musical”. Porque los asistentes al Tutti Frutti íbamos esencialmente a escuchar y a bailar la música que sólo sonaba entre las tornamesas de Danny y su colección de vinilos. Esa colección traída desde Bélgica y engrosada con los años ya era considerada patrimonio del under: garage, punk, new wave, psycho, glam, hardcore, cold wave, straight edge, dark, techno, cyber, rockabilly, gothic, grunge, noise… Por supuesto, caía pura fauna fina de las faldas urbanas, era un enclave de tribus subterráneas, la gente que vivía bajo el asfalto y que se enteraba del Tutti por un pitazo, por uno de sus míticos flyers, o porque algún amigo lo había iniciado. No cualquiera llegaba a la bodega del restaurante Apache 14 en Avenida Politécnico Nacional, un antro sin nombre exterior porque nunca hubo un letrero que indicara su existencia o ubicación. Llegabas por instrumentos, entrabas por la puerta de atrás y subías unas escaleras: de pronto la música te pateaba hacia un rincón psicodélico con una barra ilegal, una pista-escenario diminuta, la cabina de sonido y la cabina de tatuajes donde el Piraña tatuaba ocasionalmente. Esa barra era atendida por Brisa, que despachaba las Victorias y las bebidas con mano dura, golpeadora, la mano que hoy tunde la batería de Los Esquizitos.
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