Depósitio Sonoro

El problema no es que todo sea punk: es que la palabra dejó de significar oposición

La pregunta de fondo sería otra:

¿Qué queda del punk cuando “punk” deja de nombrar una posición de conflicto y se convierte en una estética disponible para cualquiera?

En algún momento, punk dejó de ser exclusivamente el nombre de una escena musical para convertirse en un adjetivo. Hoy puede ser una banda, una marca de ropa, una campaña publicitaria, una actitud empresarial, una cerveza artesanal, una estrategia de marketing o incluso una cumbia.

Decir que algo es punk puede significar prácticamente cualquier cosa: independiente, incómodo, irreverente, callejero, DIY, rebelde, políticamente incorrecto o simplemente “no convencional”.

Y ahí aparece una paradoja. Si todo puede ser punk, entonces quizá nada lo sea.

Pero también sería demasiado sencillo afirmar que el punk verdadero murió y que todo lo contemporáneo es una simulación. La historia del punk demuestra precisamente que sus formas siempre estuvieron cambiando.

Hebdige: el punk nunca fue solamente un género

Una de las claves para entenderlo está en Dick Hebdige, particularmente en Subculture: The Meaning of Style (1979).

Para Hebdige, las subculturas no producen su oposición únicamente mediante discursos políticos explícitos. También lo hacen mediante signos: ropa, peinados, objetos, música, lenguaje, gestos. El punk tomó objetos ordinarios —imperdibles, ropa rota, cuero, cadenas, elementos considerados desagradables o vulgares— y los reorganizó para producir un significado distinto. Eso es lo que Hebdige analiza como bricolaje.

La importancia está aquí: el punk no necesitaba inventar nuevos objetos; necesitaba hacer que los objetos existentes significaran otra cosa. Pero Hebdige también observa el problema inevitable: la cultura dominante termina absorbiendo esos signos. Lo que primero provoca rechazo termina convertido en mercancía.

El imperdible deja de ser una provocación y se vuelve accesorio. La chamarra de cuero deja de ser una declaración y se convierte en producto. El peinado punk aparece en revistas. La estética termina en escaparates.

La paradoja es brutal: la rebeldía puede convertirse en un estilo de consumo.Y eso es exactamente lo que estamos viendo hoy llevado al extremo.

Quizá por eso resulta tan extraño escuchar frases como:

“Esta marca tiene una actitud punk.” “Este restaurante es punk.” “La cumbia es el nuevo punk.” “Esta empresa tiene una filosofía punk.” Aquí el término deja de describir una relación conflictiva con el orden social y comienza a describir una personalidad de marca.

El mercado aprendió algo que el punk descubrió décadas atrás: que la diferencia vende. Y aquí podemos introducir a Guy Debord y su concepto de “la sociedad del espectáculo”. Para Debord, el capitalismo avanzado no solamente vende objetos: organiza la vida social alrededor de imágenes, representaciones y mercancías. La diferencia, la rebeldía y la transgresión pueden convertirse en imágenes consumibles.

Greil Marcus recupera justamente esta tensión en Lipstick Traces, cuando conecta el punk con Dada, el situacionismo y otras tradiciones de negación cultural. Para Marcus, detrás del ruido de los Sex Pistols existía una tradición mucho más antigua de rechazo al orden establecido.

El problema es que el espectáculo puede vender incluso aquello que originalmente pretendía destruirlo.

El punk decía:

No quiero participar en esto.

El capitalismo contemporáneo puede responder:

Perfecto. Te vendo una camiseta que dice que no quieres participar.

Decir “la cumbia es el nuevo punk” puede tener sentido si hablamos metafóricamente.

Una escena musical puede cumplir una función que anteriormente desempeñó el punk: reunir comunidades marginadas, construir circuitos independientes, producir formas propias de distribución, cuestionar jerarquías culturales o desarrollar una estética que no depende de las instituciones dominantes.

Pero eso no convierte automáticamente a la cumbia en punk. Una cumbia puede ser radical. Una cumbia puede ser política. Una cumbia puede ser DIY. Una cumbia puede ser contracultural.

El punk, históricamente, fue ambas cosas: un sonido y una posición. Pero su posición no estaba determinada por utilizar guitarras rápidas, distorsión o tres acordes. Tampoco por usar crestas, chamarras de cuero o imperdibles. Estaba determinada por qué relación establecía con aquello que consideraba intolerable.

Lo que mencionas sobre que en tus tiempos incluso podías llegar al vegetarianismo a partir del punk tampoco es una exageración. Ahí entramos en otra evolución importante: el punk como ética cotidiana. Posteriormente, especialmente dentro del hardcore, aparecieron escenas que llevaron la idea de transformación mucho más lejos: straight edge, veganismo, vegetarianismo, antiautoritarismo, activismo político, autogestión, rechazo de determinadas formas de consumo, etc.

El punk podía convertirse en algo que modificaba cómo escuchabas música, cómo comías, cómo consumías, cómo organizabas un concierto y cómo te relacionabas con otras personas.

Es decir: no solamente escuchabas punk; intentabas vivir de acuerdo con determinadas ideas. Y aquí está quizá una de las diferencias más grandes con la utilización contemporánea del término. Hoy podemos llamar punk a una estética sin que exista necesariamente una transformación ética detrás.

El exceso de nostalgia

Porque también existe un problema con decir:

“En mis tiempos sí era punk.”

Cada generación tiende a construir su propia versión de la autenticidad y a mirar a las siguientes como una degradación.

El punk mismo nació rechazando esa lógica.

Los primeros punks tampoco eran necesariamente un bloque homogéneo, ni compartían una ideología única. Había nihilistas, anarquistas, provocadores, artistas, músicos que querían hacer ruido, jóvenes aburridos, gente politizada y gente que simplemente quería romper las reglas.

Podríamos plantearlo así:

El punk no se desvirtuó porque haya demasiadas cosas llamadas punk. Se desvirtuó cuando “punk” dejó de significar una relación de oposición y comenzó a significar simplemente una estética de diferencia. La palabra sobrevivió. Lo que se transformó fue su capacidad de incomodar.

Por eso hoy podemos tener:

  • moda punk sin política;
  • música punk sin comunidad;
  • estética punk sin DIY;
  • marcas punk;
  • publicidad punk;
  • corporaciones punk;
  • festivales punk patrocinados por grandes empresas;
  • y, finalmente, “la cumbia es el nuevo punk”.

En lugar de preguntarnos:

“¿Esto es punk?”

quizá deberíamos preguntar:

“¿Contra qué está peleando?”

Porque si no está peleando contra nada, si no cuestiona ninguna estructura, si no incomoda ninguna norma, si no modifica ninguna relación con el consumo, si no construye comunidad y si su única diferencia consiste en verse diferente, entonces probablemente estamos ante una estética punk, no ante una práctica punk.

Para Marcus, el punk podía entenderse como la reaparición de una tradición mucho más antigua: Dada, los situacionistas, las vanguardias y diferentes formas históricas de negación. No era simplemente un género musical, sino una especie de impulso cultural que reaparece en distintos momentos y bajo distintas formas.

Quizá entonces el punk no haya muerto. Quizá simplemente cambió de nombre.

Y tal vez por eso la frase “la cumbia es el nuevo punk” sea interesante, pero solamente si estamos hablando de la función cultural y no del género.

Porque el día que una cumbia consiga hacer lo que el punk alguna vez hizo —crear una comunidad, desafiar una jerarquía, inventar sus propios espacios, incomodar al poder, modificar hábitos y hacer que alguien salga del concierto pensando “algo de mi vida tiene que cambiar”— entonces sí.

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