Depósitio Sonoro

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¿El shoegaze no existe? Una discusión sobre un género que quizá nunca quiso serlo

Hay algo particularmente interesante en escuchar a músicos que fueron colocados en el centro de una escena decir que esa escena nunca existió. En semanas recientes, Jim Reid de The Jesus and Mary Chain cuestionó directamente la existencia del shoegaze como género. Y ahora, en una entrevista para Depósito Sonoro, un integrante de Chapterhouse ha sostenido una idea similar. Dos voces vinculadas, de maneras distintas, con la genealogía de aquello que hoy llamamos shoegaze parecen coincidir en algo: el término no describe necesariamente lo que ellos pensaban que estaban haciendo. La afirmación puede parecer paradójica. ¿Cómo puede no existir un género cuyos discos, bandas, características sonoras, historia, escenas, etiquetas discográficas, libros, festivales, reediciones y hasta nuevas generaciones de músicos están perfectamente documentados? Tal vez la respuesta esté en distinguir entre un género que existe como identidad y un género que existe como categoría histórica. Y ahí comienza el problema. Antes de ser un género, fue una etiqueta “Shoegaze” no nació como manifiesto. Ninguna banda salió a decir: vamos a fundar un nuevo género musical basado en capas de guitarras, distorsión, feedback, voces etéreas y músicos mirando hacia sus pedales. El término apareció en la prensa musical británica alrededor de 1991. Su origen exacto incluso es discutido: Andy Ross, entonces vinculado a Food Records, ha contado una versión sobre cómo surgió el término; sin embargo, el primer uso impreso confirmado de “shoe-gazers” aparece en NME en mayo de 1991, en referencia a Slowdive. Es importante detenerse aquí. Porque el nombre no surgió de las bandas. Fue una manera de agruparlas desde afuera. El famoso “shoegazing” hacía referencia, en principio, a una característica escénica: músicos que permanecían relativamente inmóviles mientras miraban hacia sus pedales de efectos. Pero esa descripción visual terminó convirtiéndose en una categoría sonora. El problema es que las bandas reunidas bajo ese nombre no necesariamente se consideraban parte de una misma corriente. Rachel Goswell, de Slowdive, ha explicado que el término surgió a partir de esa observación sobre los pedales y posteriormente fue aplicado a un conjunto mucho más amplio de grupos. Otros músicos de aquella generación también han señalado que la etiqueta era externa y, en muchos casos, despectiva. Es decir: el shoegaze comenzó siendo una etiqueta periodística antes de convertirse en una categoría musical. Y eso cambia bastante la discusión. Entonces, ¿qué estaban haciendo realmente? Pensemos en las bandas que hoy colocamos dentro de ese universo. My Bloody Valentine.Slowdive.Ride.Lush.Chapterhouse.Swervedriver.Catherine Wheel.Pale Saints.The Boo Radleys. No suenan iguales. Y eso es precisamente lo interesante. My Bloody Valentine llevó la guitarra hacia un territorio donde el ruido, la melodía y la textura podían convertirse en una misma cosa. Slowdive desarrolló una dimensión mucho más atmosférica y melódica. Ride incorporó elementos psicodélicos y una estructura más cercana al rock tradicional. Lush podía desplazarse entre el pop, el dream pop y las guitarras densas. Chapterhouse tenía otra relación con el ritmo y la psicodelia. Incluso AllMusic, al describir retrospectivamente el shoegaze, reconoce esa diversidad: identifica el modelo de My Bloody Valentine como fundamental, pero señala también la influencia de Dinosaur Jr., The Jesus & Mary Chain y Cocteau Twins, mientras que bandas como Ride, Lush, Chapterhouse y The Boo Radleys desarrollaron sus propias variantes. Por eso quizá sea más exacto pensar que shoegaze nunca fue un sonido único. Fue una zona de intersección. Una especie de territorio donde distintas bandas llegaron desde diferentes caminos y terminaron utilizando herramientas similares: volumen, capas, distorsión, feedback, modulación, reverberación, melodías parcialmente ocultas y una relación menos frontal entre intérprete y público. Y aquí aparece The Jesus and Mary Chain Hay una ironía particularmente hermosa en que The Jesus and Mary Chain cuestione la existencia del shoegaze. Porque, aunque no sea una banda shoegaze en sentido estricto, su música forma parte fundamental de la genealogía que llevó hasta él. Psychocandy, publicado en 1985, ya había planteado una combinación extraordinaria: canciones pop relativamente sencillas sepultadas bajo ruido, distorsión y feedback. Después aparecerían Cocteau Twins y, sobre todo, My Bloody Valentine, llevando aquella relación entre melodía y ruido hacia lugares mucho más extremos. En otras palabras: El shoegaze no apareció de la nada. Existía una conversación musical previa. Y esa conversación tenía entre sus participantes a bandas que jamás necesitaron llamarse shoegaze. The Jesus and Mary Chain es, en ese sentido, una especie de antepasado que no reconoce el apellido. My Bloody Valentine tampoco necesitaba llamarse shoegaze Aquí encontramos otra contradicción. Cuando hablamos de shoegaze, casi inevitablemente terminamos hablando de My Bloody Valentine y de Loveless. Pero Loveless no necesitó de la palabra “shoegaze” para existir. La música estaba ahí antes de que la categoría terminara de consolidarse. Esto ocurre con frecuencia en la historia de la música. Los músicos hacen música. Después alguien intenta explicarla. Primero aparecen las canciones. Después los periodistas encuentran patrones. Después las compañías discográficas encuentran una forma de vender esos patrones. Finalmente, los historiadores construyen una genealogía. Y años después aparece alguien diciendo: “Nosotros nunca fuimos eso.” Probablemente tenga razón. Y probablemente también la tenga quien utiliza el término. ¿Un género necesita que sus músicos crean en él? Aquí está la verdadera discusión. Supongamos que cinco bandas hacen música con características similares, tocan en los mismos lugares, comparten público, sellos discográficos, productores, amigos y circuitos de conciertos. Los periodistas comienzan a agruparlas. El público comienza a reconocer similitudes. Años después, nuevas bandas escuchan esos discos, identifican determinadas características y comienzan a utilizarlas deliberadamente. ¿Existe el género? Aunque los músicos originales digan que no, históricamente la respuesta parece ser sí. Porque los géneros no son únicamente declaraciones de identidad. También son herramientas para describir relaciones entre obras. El rock mismo es un ejemplo extremo. Ningún género musical es una caja perfectamente cerrada. ¿Dónde termina el punk y comienza el post-punk? ¿Dónde termina el dream pop y comienza el shoegaze? ¿Es Disintegration de The Cure goth, post-punk, dream pop o simplemente The Cure? ¿Es Sonic Youth noise rock? ¿Es Souvlaki exclusivamente shoegaze? Las fronteras se vuelven borrosas en cuanto dejamos de trabajar con etiquetas comerciales

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Genghis Tron: los arquitectos olvidados de una mutación extrema

Durante buena parte de los años 2000, cuando el metal extremo buscaba nuevas formas de expandirse más allá de sus propios límites, pocas bandas resultaron tan extrañas, visionarias y difíciles de clasificar como Genghis Tron. Originarios de Nueva York, el trío formado por Mookie Singerman, Hamilton Jordan y Michael Sochynsky apareció en una época dominada por el auge del metalcore, el mathcore y el grindcore. Sin embargo, mientras muchos de sus contemporáneos apostaban por la agresión pura, Genghis Tron comenzó a construir algo distinto: una fusión entre la brutalidad del metal extremo, la precisión matemática del hardcore técnico y una sensibilidad electrónica más cercana al IDM y la música experimental. Su debut de larga duración, Dead Mountain Mouth (2006), se convirtió rápidamente en una pieza de culto. El disco desafiaba cualquier categorización sencilla: blast beats convivían con secuencias digitales, sintetizadores atmosféricos y estructuras que parecían más interesadas en la exploración sonora que en las convenciones del metal tradicional. Años después, Board Up the House (2008) amplió aún más esa visión. Publicado a través de Relapse Records, el álbum mostró una banda que entendía la tecnología no como un accesorio, sino como una extensión natural de su lenguaje creativo. En retrospectiva, resulta fácil identificar cómo muchos de los elementos que hoy aparecen en propuestas de metal experimental, post-metal o electrónica pesada ya estaban presentes en aquellas composiciones. Lo más notable es que Genghis Tron logró esta síntesis antes de que la convergencia entre música extrema y producción electrónica se volviera una tendencia ampliamente aceptada. Su trabajo anticipó movimientos posteriores dentro del metal progresivo, el djent más experimental y las corrientes híbridas que actualmente dominan buena parte de la música pesada contemporánea. Tras más de una década de silencio discográfico, la banda regresó en 2021 con Dream Weapon, una obra inesperadamente distinta. En lugar de retomar la agresividad caótica que los hizo célebres, el grupo optó por una aproximación más contemplativa, influenciada por el krautrock, el ambient y el post-rock. El resultado fue un álbum que confirmó algo que siempre había estado presente en su ADN: Genghis Tron nunca fue una banda interesada en repetir fórmulas. Quizá por eso siguen siendo una referencia tan fascinante. Mientras muchas agrupaciones de su generación quedaron atrapadas en una escena específica, Genghis Tron continúa siendo difícil de definir. Y precisamente ahí reside su legado: en haber imaginado un futuro para la música pesada mucho antes de que ese futuro existiera. A casi dos décadas de sus primeros lanzamientos, su catálogo sigue sonando como una anomalía. Una banda adelantada a su tiempo, capaz de conectar el metal extremo con la experimentación electrónica cuando ambos mundos parecían irreconciliables.

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Cate Le Bon: arquitecta del art rock contemporáneo

Desde hace más de una década, la músico galesa ha desarrollado una de las propuestas más sofisticadas, extrañas y elegantes de la música alternativa contemporánea. Su trabajo habita un territorio difícil de etiquetar: un punto medio entre el art rock, el post-punk minimalista, el avant-pop y la psicodelia más cerebral. Todo filtrado por una sensibilidad profundamente melancólica y una estética tan fría como humana. Mientras gran parte del indie moderno persigue tendencias, algoritmos o fórmulas virales, Cate Le Bon parece moverse en otra frecuencia. Su música no busca inmediatez; busca permanencia. Desde discos tempranos como Me Oh My o Cyrk, ya existía una intención clara por deformar las estructuras tradicionales del folk y el rock alternativo. Pero fue con Crab Day y especialmente con Reward donde terminó de consolidar una identidad sonora única: guitarras angulares, bajos repetitivos, saxofones fantasmales, espacios vacíos y canciones que parecen suspendidas en un limbo emocional. Su música transmite una sensación muy particular: como caminar por una ciudad futurista abandonada. Parte de la grandeza de Cate Le Bon está en los detalles. En cómo utiliza el silencio. En cómo deja respirar las canciones. En cómo convierte lo incómodo en algo profundamente bello. Hay momentos en sus discos donde parece que todo está a punto de colapsar, pero nunca sucede. Esa tensión permanente es precisamente lo que vuelve tan hipnótico su trabajo. Además de su carrera solista, también se ha convertido en una figura clave detrás de otros artistas. Su trabajo como productora ha sido fundamental para proyectos de músicos como Deerhunter, Wilco o St. Vincent, consolidándola como una de las mentes creativas más respetadas del circuito alternativo actual. En vivo, Cate Le Bon no apuesta por el exceso ni el espectáculo grandilocuente. Sus conciertos funcionan más como experiencias inmersivas: iluminación sobria, ejecución precisa y una atmósfera casi cinematográfica. Hay algo magnético en la manera en que ocupa el escenario. No necesita exagerar nada. Quizá por eso se ha convertido en una artista de culto. Una figura admirada profundamente por músicos, productores, artistas visuales y públicos que buscan propuestas fuera de los lugares comunes del indie tradicional. En tiempos donde todo parece diseñado para consumirse rápido, Cate Le Bon representa exactamente lo contrario: una artista que sigue construyendo una obra paciente, compleja y profundamente personal. Y tal vez ahí reside su verdadera importancia. En recordarnos que la música alternativa todavía puede ser arriesgada, elegante y misteriosa sin perder emoción.

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Cuando el jazz dejó de comportarse: el impacto de These Are the Vistas de The Bad Plus

En 2003, el jazz parecía vivir atrapado entre dos extremos: la reverencia académica y la nostalgia eterna. Mientras buena parte del género seguía mirando hacia atrás, un trío proveniente de Minneapolis decidió hacer algo incómodo, ruidoso y completamente distinto. Así apareció These Are the Vistas, el disco que convirtió a The Bad Plus en una anomalía fascinante dentro del jazz contemporáneo. No era solamente un gran disco de jazz. Era un álbum que sonaba como si el jazz hubiera crecido escuchando a Nirvana, Aphex Twin y Blondie al mismo tiempo. Un piano trío con corazón de banda de rock La alineación clásica de The Bad Plus: logró algo rarísimo: hacer que un piano trío de jazz sonara tan intenso y físico como una banda de rock alternativo. El álbum fue lanzado por Columbia Records y representó el primer gran salto mediático del grupo. La producción estuvo a cargo de Tchad Blake, conocido por trabajar con artistas como Tom Waits y Pearl Jam, algo que ayudó a darle al disco una mezcla poco común de crudeza y amplitud sonora. Desde los primeros segundos de “Big Eater”, el mensaje era claro: esto no sería jazz elegante para fondo de restaurante. Era jazz musculoso, agresivo, emocional y profundamente contemporáneo. La generación MTV entrando al jazz Buena parte de la conversación alrededor de These Are the Vistas explotó gracias a sus reinterpretaciones inesperadas. La banda tomó: para convertirlas en piezas de jazz contemporáneo llenas de tensión, caos y sensibilidad melódica. Pero lo verdaderamente revolucionario no eran los covers. Era la manera en que The Bad Plus entendía el jazz: sin solemnidad. En lugar de tocar estándares de hace 70 años, eligieron dialogar con la cultura musical de su propia generación. Y eso abrió una puerta enorme para nuevas audiencias. Muchos escucharon este disco como una especie de puente entre el indie rock y el jazz moderno. Un disco adelantado a su tiempo Hoy parece normal que proyectos de jazz trabajen con influencias de hip hop, electrónica o post-rock. Pero en 2003, The Bad Plus todavía era visto como una especie de provocación. La prensa especializada reaccionó con fascinación. Algunos críticos lo consideraron uno de los discos que ayudó a rejuvenecer el jazz contemporáneo. Incluso NPR lo incluyó después entre los lanzamientos más importantes de la década. Con el tiempo, el álbum se convirtió en referencia obligada para muchísimas bandas posteriores: han heredado algo de aquella idea: hacer jazz sin miedo a convivir con la cultura popular contemporánea. En comunidades de melómanos y músicos, el disco sigue apareciendo constantemente como un álbum “que cambió la percepción del jazz moderno”. El ruido, la elegancia y el futuro Más de veinte años después, These Are the Vistas sigue sonando fresco, incómodo y libre. Quizá porque nunca intentó encajar. The Bad Plus entendió algo antes que muchos: el jazz no necesitaba conservarse intacto para sobrevivir. Necesitaba volver a sentirse peligroso. Y eso fue exactamente lo que lograron.

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YOB: espiritualidad, peso y trascendencia en el doom metal contemporáneo

YOB. Formados en Eugene, Oregon, a finales de los noventa, el proyecto liderado por Mike Scheidt ha construido una de las discografías más respetadas y trascendentes del metal extremo moderno. Lejos del cliché del metal únicamente oscuro o destructivo, YOB encontró identidad en algo mucho más complejo: convertir riffs monolíticos y tempos lentos en vehículos de introspección, meditación y catarsis. Su música no solamente aplasta; también abraza, eleva y confronta emocionalmente. Con influencias que van desde Black Sabbath hasta corrientes de música experimental y filosofía oriental, la banda desarrolló un sonido donde el sludge, el stoner y el funeral doom conviven con pasajes psicodélicos y momentos casi contemplativos. La voz de Scheidt, capaz de pasar de cantos etéreos a gritos devastadores, terminó por convertirse en uno de los elementos más distintivos del grupo. Discos como The Unreal Never Lived, Clearing the Path to Ascend o Our Raw Heart son considerados hoy piezas fundamentales del doom metal del siglo XXI. Particularmente Our Raw Heart adquirió una dimensión especial tras los problemas de salud que casi terminan con la vida de Mike Scheidt en 2017. El álbum se convirtió en un documento sobre supervivencia, fragilidad humana y renacimiento. A diferencia de muchas bandas del género que permanecen únicamente dentro del circuito metalero, YOB logró conectar también con públicos cercanos al post-metal, el drone, la psicodelia y la música experimental. Por eso no resulta extraño verlos compartiendo conversación con proyectos como Neurosis, Sleep, Boris o Bell Witch. En vivo, YOB es una experiencia física. Sus canciones suelen superar los diez minutos y funcionan más como viajes inmersivos que como composiciones tradicionales. El volumen, las frecuencias graves y la repetición hipnótica crean una sensación casi ritual que ha convertido a la banda en un acto de culto absoluto dentro del metal contemporáneo. Más allá de tendencias o modas pasajeras, YOB representa algo poco común: una banda extrema capaz de transmitir vulnerabilidad, humanidad y búsqueda espiritual sin perder un solo gramo de pesadez. En tiempos donde gran parte de la música vive obsesionada con la inmediatez, ellos siguen apostando por la paciencia, la profundidad y el poder transformador del sonido

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Kamasi Washington y su galaxia: quiénes son los músicos que lo acompañan

Hablar de Kamasi Washington es hablar de uno de los músicos más importantes del jazz contemporáneo. Pero también es hablar de una idea mucho más grande: la de la música como comunidad. Desde que irrumpió con The Epic en 2015, el saxofonista de Los Ángeles dejó claro que su propuesta no se trataba solamente de virtuosismo, solos monumentales o ambición espiritual. Lo suyo era —y sigue siendo— crear universos colectivos. Washington ha sido una figura clave para acercar el jazz a nuevas generaciones, mezclando espiritual jazz, funk, soul, hip hop, música clásica, psicodelia y groove angelino en un mismo cuerpo sonoro. No es casualidad que haya orbitado alrededor de nombres como Kendrick Lamar, Thundercat, Flying Lotus o André 3000: Kamasi representa una forma de entender el jazz no como reliquia, sino como lenguaje vivo, político, expansivo y profundamente contemporáneo. Además de su trabajo como solista, es miembro fundador del colectivo West Coast Get Down, una de las células creativas más importantes del jazz de Los Ángeles en el siglo XXI. Y si algo ha quedado claro con discos como Heaven and Earth o Fearless Movement, es que Kamasi no camina solo. Su música se sostiene en una constelación de músicos brutales, muchos de ellos amigos, cómplices y colaboradores de toda la vida. Ellos no están “acompañándolo”: son parte del mensaje. Brandon Coleman — el alquimista de los teclados Uno de los nombres más importantes dentro del universo de Kamasi es Brandon Coleman, tecladista esencial de su sonido. Coleman aporta una mezcla de jazz fusión, P-Funk, G-funk, gospel y psicodelia que convierte cada arreglo en algo elástico y futurista. Si Kamasi representa la dimensión espiritual y expansiva del ensamble, Brandon suele ser el responsable de inyectarle color, viscosidad y electricidad. En vivo, su presencia es fundamental porque no toca como un simple “acompañante armónico”: desordena, abre puertas, muta el paisaje. En Fearless Movement volvió a aparecer entre los colaboradores clave, reafirmando su lugar como uno de los músicos más importantes dentro de este ecosistema. Miles Mosley — el bajo como columna vertebral Miles Mosley no es un bajista cualquiera. Es uno de esos músicos capaces de tocar como si estuviera empujando una montaña. Su sonido, profundo y musculoso, ha sido crucial en la arquitectura del Kamasi más épico: ese que convierte el jazz en una experiencia casi cinematográfica. Mosley combina virtuosismo técnico, peso físico y sensibilidad melódica, y eso lo vuelve indispensable dentro de la estética de Washington. Su bajo no solo sostiene: también narra, dramatiza y eleva. Además, su trabajo solista ha demostrado que es una figura con identidad propia dentro de la escena angelina. Ronald Bruner Jr. — el caos controlado Si alguna vez has escuchado a Kamasi Washington en vivo y te has preguntado por qué la batería parece ir en combustión permanente, mucho de eso tiene que ver con Ronald Bruner Jr.. Hablamos de uno de los bateristas más explosivos, libres y técnicamente salvajes de su generación. Bruner Jr. viene de una escuela donde el jazz no se entiende sin riesgo, empuje físico y una lectura casi telepática del ensamble. Su estilo puede pasar de la sutileza al colapso glorioso en segundos, y esa elasticidad ha sido clave para el dramatismo de la música de Kamasi. Tony Austin — pulso, groove y músculo En el universo de Kamasi también ha sido fundamental Tony Austin, otro baterista clave de su círculo cercano. Si Bruner Jr. representa el fuego desatado, Austin suele encarnar una energía más terrenal, funk y profundamente rítmica. En varias formaciones en vivo, Kamasi ha trabajado con configuraciones donde la batería no solo marca tiempo: empuja la narrativa. Austin ha sido parte de ese poder colectivo que hace que los conciertos del saxofonista se sientan menos como recitales de jazz y más como una ceremonia eléctrica. En reseñas recientes de sus conciertos, su nombre ha sido destacado como una pieza crucial en el engranaje rítmico de la banda. Ryan Porter — el trombón como fuerza espiritual Ryan Porter es otra de las figuras fundamentales dentro del universo Kamasi. Su trombón no está ahí para rellenar espacio: está ahí para ensanchar la emoción. Porter tiene esa capacidad rara de sonar al mismo tiempo elegante, agresivo, cálido y cósmico. Su papel en el ensamble es vital porque ayuda a construir ese sonido de “big band futurista” que distingue a Washington. En vivo, además, suele ser uno de los músicos que mejor entiende el equilibrio entre disciplina y libertad. No sorprende que también haya brillado en reseñas recientes de los shows de Kamasi, donde sus solos han sido descritos como momentos de auténtico vuelo. Patrice Quinn — la voz del espíritu Dentro de la dimensión más soulful y ceremonial de Kamasi, Patrice Quinn ocupa un lugar muy especial. Su voz ha sido una presencia recurrente en el catálogo de Washington y funciona como un puente entre el jazz espiritual, el soul, el góspel y la trascendencia emocional. Cuando Patrice aparece, la música de Kamasi deja de ser únicamente instrumental y se convierte en algo todavía más humano, más táctil, más conmovedor. Su presencia en Fearless Movement y en otras etapas del universo Washington confirma que no es una invitada ocasional, sino una extensión natural de su visión artística. Terrace Martin — el gran puente entre el jazz y el hip hop Pocos nombres explican mejor la importancia cultural de Kamasi Washington que Terrace Martin. Martin no solo es un músico excepcional: es una de las figuras más importantes en el diálogo entre jazz, rap, soul, G-funk y producción contemporánea. Su relación con Kamasi es importante porque ambos encarnan una misma idea: que el jazz no está aislado del presente, sino en conversación constante con la música negra contemporánea. Martin ha sido colaborador clave en el universo creativo de Los Ángeles y su presencia en el nuevo disco de Kamasi refuerza esa continuidad entre sofisticación armónica y calle. Thundercat — el amigo, el mutante, el cómplice Hablar del círculo de Kamasi sin mencionar a Thundercat sería directamente un crimen.

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La banda Sepultura realizará su gira de despedida final sin los hermanos Cavalera

Sepultura está realizando su gira de despedida final, “Celebrating Life Through Death”, celebrando 40 años de carrera antes de su disolución definitiva. Se espera que el concierto final sea en São Paulo, Brasil, en 2026, sin reunión con los hermanos Cavalera. La gira mundial incluye fechas en Norteamérica (con Exodus y Biohazard), Europa y Latinoamérica. Aquí detalles clave de la etapa final de Sepultura: Este video discute la ausencia de los hermanos Cavalera en el concierto final de Sepultura.

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