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Kamasi Washington y su galaxia: quiénes son los músicos que lo acompañan

Hablar de Kamasi Washington es hablar de uno de los músicos más importantes del jazz contemporáneo. Pero también es hablar de una idea mucho más grande: la de la música como comunidad. Desde que irrumpió con The Epic en 2015, el saxofonista de Los Ángeles dejó claro que su propuesta no se trataba solamente de virtuosismo, solos monumentales o ambición espiritual. Lo suyo era —y sigue siendo— crear universos colectivos. Washington ha sido una figura clave para acercar el jazz a nuevas generaciones, mezclando espiritual jazz, funk, soul, hip hop, música clásica, psicodelia y groove angelino en un mismo cuerpo sonoro. No es casualidad que haya orbitado alrededor de nombres como Kendrick Lamar, Thundercat, Flying Lotus o André 3000: Kamasi representa una forma de entender el jazz no como reliquia, sino como lenguaje vivo, político, expansivo y profundamente contemporáneo. Además de su trabajo como solista, es miembro fundador del colectivo West Coast Get Down, una de las células creativas más importantes del jazz de Los Ángeles en el siglo XXI. Y si algo ha quedado claro con discos como Heaven and Earth o Fearless Movement, es que Kamasi no camina solo. Su música se sostiene en una constelación de músicos brutales, muchos de ellos amigos, cómplices y colaboradores de toda la vida. Ellos no están “acompañándolo”: son parte del mensaje. Brandon Coleman — el alquimista de los teclados Uno de los nombres más importantes dentro del universo de Kamasi es Brandon Coleman, tecladista esencial de su sonido. Coleman aporta una mezcla de jazz fusión, P-Funk, G-funk, gospel y psicodelia que convierte cada arreglo en algo elástico y futurista. Si Kamasi representa la dimensión espiritual y expansiva del ensamble, Brandon suele ser el responsable de inyectarle color, viscosidad y electricidad. En vivo, su presencia es fundamental porque no toca como un simple “acompañante armónico”: desordena, abre puertas, muta el paisaje. En Fearless Movement volvió a aparecer entre los colaboradores clave, reafirmando su lugar como uno de los músicos más importantes dentro de este ecosistema. Miles Mosley — el bajo como columna vertebral Miles Mosley no es un bajista cualquiera. Es uno de esos músicos capaces de tocar como si estuviera empujando una montaña. Su sonido, profundo y musculoso, ha sido crucial en la arquitectura del Kamasi más épico: ese que convierte el jazz en una experiencia casi cinematográfica. Mosley combina virtuosismo técnico, peso físico y sensibilidad melódica, y eso lo vuelve indispensable dentro de la estética de Washington. Su bajo no solo sostiene: también narra, dramatiza y eleva. Además, su trabajo solista ha demostrado que es una figura con identidad propia dentro de la escena angelina. Ronald Bruner Jr. — el caos controlado Si alguna vez has escuchado a Kamasi Washington en vivo y te has preguntado por qué la batería parece ir en combustión permanente, mucho de eso tiene que ver con Ronald Bruner Jr.. Hablamos de uno de los bateristas más explosivos, libres y técnicamente salvajes de su generación. Bruner Jr. viene de una escuela donde el jazz no se entiende sin riesgo, empuje físico y una lectura casi telepática del ensamble. Su estilo puede pasar de la sutileza al colapso glorioso en segundos, y esa elasticidad ha sido clave para el dramatismo de la música de Kamasi. Tony Austin — pulso, groove y músculo En el universo de Kamasi también ha sido fundamental Tony Austin, otro baterista clave de su círculo cercano. Si Bruner Jr. representa el fuego desatado, Austin suele encarnar una energía más terrenal, funk y profundamente rítmica. En varias formaciones en vivo, Kamasi ha trabajado con configuraciones donde la batería no solo marca tiempo: empuja la narrativa. Austin ha sido parte de ese poder colectivo que hace que los conciertos del saxofonista se sientan menos como recitales de jazz y más como una ceremonia eléctrica. En reseñas recientes de sus conciertos, su nombre ha sido destacado como una pieza crucial en el engranaje rítmico de la banda. Ryan Porter — el trombón como fuerza espiritual Ryan Porter es otra de las figuras fundamentales dentro del universo Kamasi. Su trombón no está ahí para rellenar espacio: está ahí para ensanchar la emoción. Porter tiene esa capacidad rara de sonar al mismo tiempo elegante, agresivo, cálido y cósmico. Su papel en el ensamble es vital porque ayuda a construir ese sonido de “big band futurista” que distingue a Washington. En vivo, además, suele ser uno de los músicos que mejor entiende el equilibrio entre disciplina y libertad. No sorprende que también haya brillado en reseñas recientes de los shows de Kamasi, donde sus solos han sido descritos como momentos de auténtico vuelo. Patrice Quinn — la voz del espíritu Dentro de la dimensión más soulful y ceremonial de Kamasi, Patrice Quinn ocupa un lugar muy especial. Su voz ha sido una presencia recurrente en el catálogo de Washington y funciona como un puente entre el jazz espiritual, el soul, el góspel y la trascendencia emocional. Cuando Patrice aparece, la música de Kamasi deja de ser únicamente instrumental y se convierte en algo todavía más humano, más táctil, más conmovedor. Su presencia en Fearless Movement y en otras etapas del universo Washington confirma que no es una invitada ocasional, sino una extensión natural de su visión artística. Terrace Martin — el gran puente entre el jazz y el hip hop Pocos nombres explican mejor la importancia cultural de Kamasi Washington que Terrace Martin. Martin no solo es un músico excepcional: es una de las figuras más importantes en el diálogo entre jazz, rap, soul, G-funk y producción contemporánea. Su relación con Kamasi es importante porque ambos encarnan una misma idea: que el jazz no está aislado del presente, sino en conversación constante con la música negra contemporánea. Martin ha sido colaborador clave en el universo creativo de Los Ángeles y su presencia en el nuevo disco de Kamasi refuerza esa continuidad entre sofisticación armónica y calle. Thundercat — el amigo, el mutante, el cómplice Hablar del círculo de Kamasi sin mencionar a Thundercat sería directamente un crimen.

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Cause For Effect: el punto de quiebre entre el caos extremo y la precisión absoluta

En los márgenes más radicales de la música extrema, donde la velocidad, la técnica y la ruptura de normas se convierten en lenguaje, Cause For Effect emerge como una de las propuestas más desafiantes y singulares del panorama contemporáneo. La banda, formada en Nueva York, ha construido un sonido que tensiona los límites entre el grindcore, el death metal técnico y el jazz de vanguardia, dando forma a una experiencia sonora tan violenta como meticulosamente calculada. Lejos de entender el grindcore como un ejercicio de repetición o brutalidad plana, Cause For Effect lo utiliza como plataforma para explorar estructuras complejas, cambios abruptos de ritmo y un virtuosismo instrumental que remite tanto al metal extremo como a la improvisación jazzística. Sus composiciones funcionan como microexplosiones: piezas breves, intensas y quirúrgicas, donde cada segundo está cargado de información. La batería —hiperactiva, precisa y caótica— dialoga con líneas de bajo y guitarra que rompen cualquier expectativa armónica tradicional del género. Aquí no hay riffs previsibles ni fórmulas seguras: hay disonancia, polirritmia y una constante sensación de colapso controlado. El jazz aparece no como adorno, sino como método: libertad estructural, interacción total entre instrumentos y una aproximación casi improvisada al metal extremo. Culturalmente, Cause For Effect ocupa un lugar clave dentro de una generación de proyectos que buscan empujar la música pesada hacia territorios intelectuales y experimentales, rompiendo la dicotomía entre brutalidad y sofisticación. En su propuesta conviven la herencia del grindcore más crudo con la mentalidad abierta del free jazz y la música contemporánea, creando un lenguaje propio que desafía tanto a puristas del metal como a oyentes acostumbrados a estructuras convencionales. En vivo, la banda se presenta como un organismo impredecible y abrasivo. No hay concesiones ni pausas: la ejecución es directa, intensa y físicamente demandante, tanto para quienes tocan como para quienes escuchan. Cada presentación se siente más cercana a una descarga de energía colectiva que a un concierto tradicional. Cause For Effect no busca agradar ni explicar su música. Su propuesta existe para ser confrontada. En un panorama musical donde la etiqueta muchas veces precede al contenido, la banda reafirma que el riesgo, la complejidad y la incomodidad siguen siendo fuerzas esenciales para la evolución del sonido extremo.

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The Bad Plus: El Jazz como Territorio de Ruptura

En un panorama musical donde las etiquetas se diluyen y las fronteras se expanden, The Bad Plus se erige como una banda que no solo rehúye la definición, sino que la reconfigura desde adentro. Durante más de dos décadas, este trío norteamericano ha cultivado un lenguaje propio: un jazz sin concesiones, democrático en su estructura y radical en su ejecución, que mira tanto al pasado como al futuro sin perder de vista la posibilidad del presente. una conversación Formado originalmente por Ethan Iverson (piano), Reid Anderson (bajo) y Dave King (batería), The Bad Plus se consolidó como un grupo donde cada músico funge simultáneamente como solista, acompañante y arquitecto de la forma colectiva. Esta dinámica hace que las composiciones y las improvisaciones se perciban como un diálogo continuo, donde las fronteras entre lo escrito y lo espontáneo se desdibujan. La banda ha sabido sostener esta tensión dialógica con una claridad inusual: no hay jerarquía rígida entre melodía, ritmo y armonía, sino un flujo constante de ideas que se entrelazan y se responden. En muchos sentidos, el grupo encarna una versión moderna del ideal de democracia musical, donde el trío es percibido no como agregación de individualidades, sino como un organismo único. Más allá de las categorías Una de las características más fascinantes de The Bad Plus es su resistencia a la clasificación sencilla. Aunque el jazz es su raíz y punto de partida, su música se alimenta de una diversidad de fuentes que desbordarían cualquier etiqueta: el rock experimental, la música clásica contemporánea, los ritmos populares y la tradición de la improvisación libre. Esta mezcla sin dogmas les ha permitido atraer tanto a audiencias jazzísticas como a oyentes provenientes de la música alternativa. El pianista y compositor Ethan Iverson resumía esta postura cuando describía al grupo como “una unidad con visión clara y una negativa a conformarse con la convención”. Esa declaración de principios se escucha en cada composición y cada performance: las formas son reconocibles, pero siempre están en transformación. Un repertorio que desafía expectativas Desde sus primeros discos, The Bad Plus se destacó por su repertorio ecléctico. No solo por sus composiciones originales —que a menudo exploran estructuras rítmicas y motivos melódicos poco convencionales—, sino también por la reinterpretación audaz de piezas ajenas. Versiones de temas de Nirvana, Radiohead, Aphex Twin o Stravinsky conviven con material propio, y lo hacen sin ironía ni guiños superficiales. El enfoque no es el de la parodia, sino el de la transformación radical. Este gesto, que podría entenderse como un puente entre lo popular y lo erudito, fue crucial para que el grupo se ganara tanto el reconocimiento de la crítica como una base de seguidores heterogénea. Forbes, The New York Times y múltiples medios especializados han destacado la capacidad del trío para desactivar categorías rígidas sin renegar de la profundidad musical que exige el jazz contemporáneo. Innovación y consistencia en la composición The Bad Plus ha sido una banda que ha evolucionado sin perder coherencia interna. Su música se caracteriza por: Estos rasgos se mantienen a lo largo de su trayectoria discográfica, desde álbumes seminales como These Are the Vistas (2003) hasta sus trabajos más recientes, siempre ofreciendo versiones nuevas de lo que una banda de jazz puede ser. Impacto y legado A lo largo de su carrera, The Bad Plus ha sido aclamado tanto por la crítica como por músicos contemporáneos. Su música ha sido incluida en listas de “mejores álbumes” y frecuentemente aparece en discusiones sobre aquellos artistas que replican la vitalidad de la tradición del jazz mientras la expanden creativamente. Pero más allá de premios y reconocimientos, quizás el impacto más duradero del grupo sea su capacidad para redefinir la experiencia del escuchar. Para muchos oyentes, acercarse a The Bad Plus es encontrarse con un paisaje musical donde: Escuchar hoy, escuchar siempre En un momento donde los géneros se mezclan con fluidez y donde las fronteras estilísticas se vuelven cada vez más permeables, The Bad Plus sigue siendo un ejemplo vigoroso de cómo la música puede ser, a la vez, desafiante y profundamente humana. Su obra nos recuerda que la innovación no es solo cuestión de técnica, sino de intención, apertura y una profunda relación con la tradición y la exploración.

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La calidez del hard bop como lenguaje universal

Song for My Father no es solo uno de los discos más reconocibles del Horace Silver Quintet, es también una de las piezas fundamentales del hard bop y del jazz moderno de los años sesenta. Publicado en 1965 por Blue Note Records, el álbum funciona como un punto de equilibrio entre sofisticación armónica, groove accesible y una profunda carga emocional que ha trascendido generaciones y géneros. Desde sus primeros compases, el disco establece una identidad clara: un jazz rítmico, melódico y profundamente humano, donde el blues, el soul y las raíces afrocaribeñas se integran con naturalidad al lenguaje bebop. Horace Silver, pianista y compositor, construye aquí un repertorio que privilegia la composición tanto como la improvisación, marcando una diferencia frente a otros enfoques más virtuosistas de la época. El tema que da nombre al álbum, Song for My Father, se ha convertido en un estándar contemporáneo. Inspirada en los orígenes caboverdianos de su padre, la pieza despliega un motivo hipnótico y circular, sostenido por una base rítmica contagiosa y un piano que equilibra sencillez y profundidad. Su influencia se extiende mucho más allá del jazz, siendo sampleada y reinterpretada en múltiples contextos de la música popular. El quinteto —conformado por Horace Silver (piano), Joe Henderson (saxofón tenor), Carmell Jones (trompeta), Teddy Smith (contrabajo) y Roger Humphries (batería)— opera con una química precisa y sin excesos. Joe Henderson aporta un fraseo elegante y narrativo, mientras la sección rítmica sostiene un pulso firme que permite que cada tema respire con naturalidad. No hay urgencia por impresionar: hay claridad, intención y diálogo. A lo largo del álbum, composiciones como The Natives Are Restless Tonight, Que Pasa y The Kicker refuerzan la capacidad de Silver para integrar influencias latinas, swing y estructuras memorables sin sacrificar complejidad. Cada pieza parece diseñada para invitar al oyente a entrar, permanecer y volver. En el contexto de Depósito Sonoro, Song for My Father representa un recordatorio del poder del groove como vehículo emocional. Es un disco que se puede analizar desde la teoría musical, pero que también funciona en un plano inmediato y sensorial. Su vigencia radica en esa dualidad: ser profundamente accesible sin ser superficial, sofisticado sin ser distante. Escuchar este álbum hoy es volver a un momento donde el jazz dialogaba con el mundo cotidiano, donde la innovación no estaba peleada con la calidez. Song for My Father sigue siendo un punto de encuentro entre tradición y modernidad, una obra que invita a detenerse, escuchar y dejar que el tiempo avance al ritmo del piano de Horace Silver.

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Chip Wickham: reseña de su nuevo disco The Eternal Now

Roger “Chip” Wickham es un músico británico (saxofonista, flautista, compositor y productor) cuyo trabajo ha transitado desde el breakbeat, hip-hop, electrónica y funk hacia una expresión más centrada en el jazz espiritual, modal y soul-jazz. The Eternal Now (2025): contexto y propuesta Elementos sonoros y temáticos destacados Colaboradores y producción Evaluación: lo que lo hace destacar Datos útiles prácticos Conclusión The Eternal Now es una obra que reafirma a Chip Wickham como uno de los nombres más interesantes del jazz contemporáneo. Un álbum que mira adelante sin dejar atrás sus raíces, que combina técnica, emoción y riesgo. Es música que invita a detenerse, a respirar, a estar presente. Porque en tiempos en que lo urgente domina, Chip propone redescubrir el valor de lo eterno, lo ahora.

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Karate – First Time, reencuentro en tiempo suspendido

En un gesto tan inesperado como necesario, Karate, la banda de culto originaria de Boston que fusionó el post-rock, el slowcore, el jazz y el emocore de los 90, regresa con First Time, su primer material inédito en más de 20 años. Este álbum no sólo significa una reactivación creativa para el grupo, sino también una revisión de su lenguaje sonoro bajo una nueva luz: madura, serena y profundamente articulada. Una primera vez que viene después de todo El título First Time puede parecer paradójico para una banda con un legado tan definido, pero en realidad es certero. Este álbum no suena como un intento de replicar el pasado. Más bien, Karate entra al estudio con la sensibilidad de quienes han crecido, que han vivido lejos del escenario, y que aún conservan la capacidad de dialogar con la música como si fuera la primera vez. Los rasgos clásicos del grupo están ahí: Pero aquí todo respira de forma distinta. Menos urgencia, más escucha. Menos distorsión, más espacio. Sonoridad: jazz de cámara con nervio indie Desde el primer track, “Even Now”, se establece un tono íntimo, casi contemplativo. La guitarra se desliza como una pluma sobre el papel, mientras la voz de Farina aparece como un pensamiento apenas pronunciado. Le siguen piezas como “First Time” y “Shards”, que abrazan la estructura narrativa del jazz modal sin abandonar el espíritu de canción. La influencia de artistas como Talk Talk, Codeine o incluso el Bill Evans más atmosférico se hace sentir, pero sin resultar derivativa. Es un sonido contenido, elegante, como si cada nota estuviera puesta con una precisión casi arquitectónica. Las letras, como siempre, evocan escenas cotidianas llenas de significados personales, paisajes urbanos, relaciones en tránsito, silencios que dicen más que los diálogos. Una madurez sin alarde Lo más notable de First Time es su madurez desprovista de cinismo. No hay intención de competir con el pasado, ni con la actualidad. Tampoco hay rastros de nostalgia barata. Karate suena como una banda que ha aprendido el valor del silencio, del matiz, del gesto pequeño que lo transforma todo. Cada canción parece un ensayo sobre cómo envejecer artísticamente sin perder la curiosidad. ¿Para quién es este disco? Conclusión First Time no es un regreso triunfal, porque no busca serlo. Es más bien un reencuentro paciente y sincero con la música, con el lenguaje que Karate siempre cultivó en los márgenes de la industria y que ahora vuelve a florecer en tiempos donde la atención es un lujo. Como todo lo que hace Karate, este disco no grita. Pero si lo escuchas con calma, susurra cosas que pocos discos dicen hoy en día.

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GoGo Penguin – Necessary Fictions: una reinvención luminosa del jazz electrónico

La banda británica GoGo Penguin regresa con Necessary Fictions, un álbum que reafirma su lugar como una de las propuestas más innovadoras del jazz contemporáneo. Con este nuevo trabajo, lanzado en 2024 bajo XXIM Records, el trío de Mánchester —conformado por Chris Illingworth (piano), Nick Blacka (contrabajo) y Jon Scott (batería)— demuestra que su búsqueda sonora no conoce fronteras: si en sus discos anteriores ya habían desdibujado las líneas entre el jazz acústico, la música electrónica, el minimalismo y el post-rock, en Necessary Fictions llevan esa mezcla a un nuevo plano de intensidad emocional y precisión matemática. El arte de reimaginar El título Necessary Fictions es, en sí mismo, una declaración conceptual. Alude a las narrativas que creamos para darle sentido a la experiencia humana, incluso cuando no hay una verdad absoluta a la que aferrarse. En ese sentido, el disco es tanto una construcción sonora como una metáfora: cada pieza es una ficción necesaria para la banda, una arquitectura emocional tejida entre notas y silencios, impulsos rítmicos y texturas digitales. Musicalmente, el álbum transita entre la composición orgánica y el diseño sonoro digital, algo que GoGo Penguin ha perfeccionado con el tiempo. La influencia de Aphex Twin, Radiohead, Massive Attack y Steve Reich sigue presente, pero ahora matizada por un enfoque más introspectivo y narrativo. Diseño sonoro como narración Uno de los grandes logros de Necessary Fictions es su equilibrio entre lo cerebral y lo emocional. Si bien cada composición está estructurada con rigor casi arquitectónico, el resultado nunca suena frío o distante. Al contrario: hay una calidez en los silencios, una humanidad en las imperfecciones deliberadas, una intención poética en cada pausa y repetición. La producción del disco —a cargo de la banda junto con Joe Reiser y Brendan Williams— es limpia, expansiva y rica en matices. GoGo Penguin vuelve a demostrar que es capaz de sonar moderno sin caer en el artificio, usando la tecnología como aliada de la sensibilidad, no como sustituto. Un disco de contemplación y precisión Necessary Fictions no es un disco que busque el aplauso fácil ni los clichés del jazz de vitrina. Es un trabajo que invita a la escucha activa y profunda, ideal tanto para quienes buscan la complejidad técnica como para los que desean simplemente sumergirse en una atmósfera musical envolvente. En tiempos de saturación sonora y velocidad digital, GoGo Penguin propone detenerse, construir ficciones necesarias que nos devuelvan al presente. En ese gesto, el trío reafirma su compromiso con una música que evoluciona, respira y sigue soñando.

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The Messthetics: el triunfo de lo instrumental, de Fugazi al nuevo jazz-punk junto a James Brandon Lewis

The Messthetics es, sin lugar a dudas, una de las asociaciones más extraordinarias que han aparecido en el panorama de la música independiente en los últimos años. La banda —formada en Washington, D.C. en 2016— tiene en sus filas a Joe Lally (bajo) y Brendan Canty (batería), veteranos de Fugazi, así como al virtuoso guitarrista Anthony Pirog, reconocido en el circuito de jazz de vanguardia. La fórmula resultó en algo más que la simple suma de sus partes: The Messthetics es una expresión viviente de cómo el post-hardcore, el jazz, el punk y el rock experimental pueden fundirse en algo nuevo, enérgico pero maduro, emotivo pero sin dejar de sonar feroz. Lo que más atrae en The Messthetics es justo ese estilo difícil de clasificar. Por un lado están las raíces de Lally y Canty en el post-hardcore de Fugazi, que proporciona una base rítmica pesada pero también elástica; por otro están las habilidades de Pirog en la guitarra —un músico capaz de ir de lo más melódico a lo más disonante en cuestión de compases—. Así, el resultado es una música instrumental que tiene toda la urgencia de una banda de punk pero también toda la complejidad de una formación de jazz. Esto proporciona a The Messthetics una identidad muy particular: están más cerca de grupos como Tortoise o Explosions in the Sky en el planteamiento de “canciones sin voces”, pero están vivificados tanto por el ruido como por el groove de raíces más salvajes. Este estilo, tan difícil de encasillar pero tan reconocido en el circuito de la música alternativa, alcanzó nuevas vertientes cuando James Brandon Lewis, destacado saxofonista de la escena de jazz de vanguardia, comenzó a colaborar con ellos. La sinergia que se logra en el nuevo material junto a Lewis es tan sorprendente como natural. Por un lado, el saxofón proporciona una expresión melódica más directa, más vocal en comparación con el paisaje más abstracto de Pirog; pero, en lugar de dejar atrás el estilo de The Messthetics, lo que hace es llevar ese estilo más lejos, ampliándolo, dándole una dimensión más emotiva pero también más salvaje.James Brandon Lewis tiene una fuerza expresiva enorme en el saxofón —un estilo que puede ir de lo más emotivo y soul a lo más free, más intenso—, y junto con The Messthetics logra encontrar un territorio en el que el jazz de vanguardia y el post-hardcore están en permanente diálogo. Este encuentro tiene varias vertientes de interés. Por un lado, revela que el estilo de The Messthetics tiene una base lo suficientemente robusta como para dejar lugar a nuevos voces sin perder identidad. Por otro, deja claro que James Brandon Lewis es más que un solista de jazz; es también alguien dispuesto a dejar atrás lo purista para encontrar nuevas voces en contextos más eléctricos, más abrasivos, más abiertos. La música resultante es así una especie de paisaje sonoro híbrido, en el que el saxofón deja de funcionar como “solista” en el sentido clásico, para convertirse en una pieza más de la maquinaria colectiva —un elemento tan indispensable como el bajo de Lally o la batería de Canty—. Este encuentro tiene una importancia especial en el paisaje de la música actual, en el que están surgiendo grupos dispuestos a dejar atrás las categorizaciones y a buscar nuevas vías de expresión. The Messthetics junto a James Brandon Lewis muestran que el espíritu de aquel Washington, D.C. de los años 90 —el lugar en el que el hardcore vivió una de sus más fértiles transformaciones— continúa vivo pero en permanente mutación. La música que están produciendo revela que el punk y el jazz comparten más de lo que creen, que el estilo más “callejero” puede encontrar en el estilo más “sofisticado” a su compañero de aventuras. En definitiva, The Messthetics están demostrando que el pasado puede vivificar el futuro cuando deja atrás el purismo. La colaboración con James Brandon Lewis es la prueba viviente de que el arte más intenso nace de asociaciones valientes, de músicos que están más pendientes de lo que están creando en el presente que de las historias que puedan llevar en la maleta. Ese es el triunfo de The Messthetics: sonar como ellos mismos, pero a la vez dejar que nuevas voces sean parte de aquel paisaje sonoro en permanente expansión.

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