Depósitio Sonoro

CorviX: elogio de la banda que se niega a sonar igual dos veces

Hay una obsesión que recorre la música popular contemporánea como un fantasma silencioso: la búsqueda de la identidad sonora. Las disqueras la exigen, los algoritmos la premian, los críticos la celebramos sin pensarlo demasiado. “Encuentra tu sonido”, le decimos a las bandas jóvenes, como si el sonido fuera una llave que se encuentra al fondo de un cajón y no una construcción que se hace y se deshace con los años.

CorviX, banda hermosillense fundada en 2015, parece no haber recibido ese memo. O lo recibió y decidió ignorarlo.

Su historia es la de tantos proyectos de provincia: dos fundadores: Esteban Zupo Lugo en guitarra y teclados, Weso Osbone en el bajo, una rotación de integrantes que desgasta, una pausa de tres años a partir de 2016 que pudo haber sido el final. No lo fue. A finales de 2019, con Pavel García en la batería y Jesús Gutiérrez en la segunda guitarra, la banda retomó el vuelo. Vinieron dos discos: “CorviX” (2020) y “Memorable” (2021), este último con una canción homónima que se convirtió en su carta de presentación en Spotify y YouTube. En 2023, con la llegada de José Carlos Mendoza, “El Sele”, a la guitarra acústica, la alineación quedó completa.

Y entonces, en 2024, hicieron lo que nadie les pidió: un disco de trece canciones donde caben el ska, el hard rock y el rock pop, sin orden aparente, sin disculpas, sin miedo.

“R.I.P.” se llama. Y es, quizás, el disco más honesto que ha parido la escena sonorense en los últimos años, precisamente porque renuncia a la coherencia que tanto veneramos. “Skatimando” brinca. “Ciclo Residual” aprieta. “Home Run” respira. Tres canciones, tres mundos, una misma banda. ¿Es un desorden? Para algunos, sí. Para otros, es la prueba de que una agrupación puede ser muchas cosas a la vez sin traicionarse.

Yo me quedo con lo segundo.

Porque la verdad es que la famosa “identidad sonora” suele ser una cárcel disfrazada de virtud. Se lo decimos a las bandas como si fuera un consejo, pero en realidad les pedimos que se repitan, que se vuelvan predecibles, que encuentren una fórmula y la exploten hasta el cansancio. CorviX, consciente o inconscientemente, se negó a eso. Y en un ecosistema donde el algoritmo premia la repetición y castiga la sorpresa, negarse es un acto casi subversivo.

No todo es perfecto. La producción de “R.I.P.” tiene momentos donde la saturación se come el detalle, y trece canciones en un disco tan ecléctico pueden ser demasiadas para un oyente desprevenido. La variedad, además, tiene un costo: saltar del ska al hard rock sin transición puede marear, y algunas canciones se sostienen más por la idea que por la ejecución. Pero esos son los riesgos de quien intenta algo distinto. Y en una escena tan acostumbrada a lo seguro, intentar algo distinto ya es un mérito.

Sus presentaciones en las Fiestas del Pitic (2022) y en el Festival Alfonso Ortiz Tirado (2024) confirman que en vivo la apuesta funciona: la energía del ska, el peso del hard rock y la melancolía del rock pop conviven sin fricciones cuando hay un público dispuesto a seguir el viaje. Y ese público existe, aunque no siempre sea el más numeroso.

CorviX no es la banda más pulida de Sonora. Tampoco la más famosa. Pero es, quizás, una de las pocas que se atreve a recordarnos algo que el mercado suele olvidar: que una banda puede ser muchas cosas a la vez, y que la evolución no siempre es una línea recta. A veces es un zigzag. Y a veces, el zigzag es el camino.

En un mundo que nos quiere idénticos, repetibles, etiquetables, CorviX hace lo contrario: se permite dudar, experimentar, equivocarse. Y eso, en tiempos de algoritmos y fórmulas, es casi un acto de resistencia.

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