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CorviX: elogio de la banda que se niega a sonar igual dos veces

Hay una obsesión que recorre la música popular contemporánea como un fantasma silencioso: la búsqueda de la identidad sonora. Las disqueras la exigen, los algoritmos la premian, los críticos la celebramos sin pensarlo demasiado. “Encuentra tu sonido”, le decimos a las bandas jóvenes, como si el sonido fuera una llave que se encuentra al fondo de un cajón y no una construcción que se hace y se deshace con los años. CorviX, banda hermosillense fundada en 2015, parece no haber recibido ese memo. O lo recibió y decidió ignorarlo. Su historia es la de tantos proyectos de provincia: dos fundadores: Esteban Zupo Lugo en guitarra y teclados, Weso Osbone en el bajo, una rotación de integrantes que desgasta, una pausa de tres años a partir de 2016 que pudo haber sido el final. No lo fue. A finales de 2019, con Pavel García en la batería y Jesús Gutiérrez en la segunda guitarra, la banda retomó el vuelo. Vinieron dos discos: “CorviX” (2020) y “Memorable” (2021), este último con una canción homónima que se convirtió en su carta de presentación en Spotify y YouTube. En 2023, con la llegada de José Carlos Mendoza, “El Sele”, a la guitarra acústica, la alineación quedó completa. Y entonces, en 2024, hicieron lo que nadie les pidió: un disco de trece canciones donde caben el ska, el hard rock y el rock pop, sin orden aparente, sin disculpas, sin miedo. “R.I.P.” se llama. Y es, quizás, el disco más honesto que ha parido la escena sonorense en los últimos años, precisamente porque renuncia a la coherencia que tanto veneramos. “Skatimando” brinca. “Ciclo Residual” aprieta. “Home Run” respira. Tres canciones, tres mundos, una misma banda. ¿Es un desorden? Para algunos, sí. Para otros, es la prueba de que una agrupación puede ser muchas cosas a la vez sin traicionarse. Yo me quedo con lo segundo. Porque la verdad es que la famosa “identidad sonora” suele ser una cárcel disfrazada de virtud. Se lo decimos a las bandas como si fuera un consejo, pero en realidad les pedimos que se repitan, que se vuelvan predecibles, que encuentren una fórmula y la exploten hasta el cansancio. CorviX, consciente o inconscientemente, se negó a eso. Y en un ecosistema donde el algoritmo premia la repetición y castiga la sorpresa, negarse es un acto casi subversivo. No todo es perfecto. La producción de “R.I.P.” tiene momentos donde la saturación se come el detalle, y trece canciones en un disco tan ecléctico pueden ser demasiadas para un oyente desprevenido. La variedad, además, tiene un costo: saltar del ska al hard rock sin transición puede marear, y algunas canciones se sostienen más por la idea que por la ejecución. Pero esos son los riesgos de quien intenta algo distinto. Y en una escena tan acostumbrada a lo seguro, intentar algo distinto ya es un mérito. Sus presentaciones en las Fiestas del Pitic (2022) y en el Festival Alfonso Ortiz Tirado (2024) confirman que en vivo la apuesta funciona: la energía del ska, el peso del hard rock y la melancolía del rock pop conviven sin fricciones cuando hay un público dispuesto a seguir el viaje. Y ese público existe, aunque no siempre sea el más numeroso. CorviX no es la banda más pulida de Sonora. Tampoco la más famosa. Pero es, quizás, una de las pocas que se atreve a recordarnos algo que el mercado suele olvidar: que una banda puede ser muchas cosas a la vez, y que la evolución no siempre es una línea recta. A veces es un zigzag. Y a veces, el zigzag es el camino. En un mundo que nos quiere idénticos, repetibles, etiquetables, CorviX hace lo contrario: se permite dudar, experimentar, equivocarse. Y eso, en tiempos de algoritmos y fórmulas, es casi un acto de resistencia.

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90’s ROCK: cuatro nombres fundamentales del rock mexicano llegarán al Parque Naucalli

Cuca, La Castañeda, La Lupita y Santa Sabina compartirán escenario el próximo 14 de noviembre en Naucalpan, Estado de México. El próximo sábado 14 de noviembre, cuatro de esas voces volverán a encontrarse en un mismo escenario con “90’s ROCK”, festival que llegará al Parque Naucalli, en Naucalpan, Estado de México. A partir de las 18:00 horas, Cuca, La Castañeda, La Lupita y Santa Sabina compartirán una jornada que reúne distintas caras de aquella escena: la irreverencia, el humor, la oscuridad, la experimentación, el funk, los ritmos latinos y una manera particularmente intensa de entender el rock. Desde Guadalajara, Cuca llegará con José Fors al frente. La banda construyó buena parte de su identidad alrededor de guitarras contundentes, letras provocadoras y un sentido del humor que se convirtió en una de sus principales señas. Temas como “El son del dolor”, “La balada” y “Cara de pizza” forman parte de un repertorio que permanece estrechamente ligado a la memoria del rock mexicano de los noventa. La oscuridad tendrá su propio espacio con La Castañeda. Encabezada por Salvador Moreno, la agrupación desarrolló una propuesta donde el rock convivió con la teatralidad, la psicodelia y una atmósfera profundamente particular. “Cenit”, “Noches de tu piel” y “Transfusión” son algunas de las canciones que han mantenido vigente ese universo sonoro y visual. El baile llegará de la mano de La Lupita, agrupación que encontró uno de sus principales distintivos en la mezcla de rock, funk y ritmos latinos. Con Héctor Quijada al frente, canciones como “Ja, ja, ja”, “Paquita Disco” y “Supersónico” representan una faceta más festiva y rítmica de aquella generación de bandas que amplió los límites del rock nacional. Por su parte, Santa Sabina representa una de las vertientes más experimentales y poéticas de aquella escena. Su música, marcada por una búsqueda artística que trascendió los formatos convencionales del rock, dejó un legado que continúa encontrando nuevos escuchas. Su participación en “90’s ROCK” funcionará también como una celebración de esa herencia y de una obra que permanece profundamente ligada a la historia de la música alternativa en México. Más que reunir cuatro nombres asociados a una misma década, “90’s ROCK” plantea un encuentro entre distintas formas de entender el rock mexicano. Sonidos que en su momento convivieron dentro de una escena amplia y diversa y que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en parte de la memoria musical de varias generaciones. El Parque Naucalli será el escenario de esta reunión en el Estado de México, en una presentación de gran formato organizada por Beyond Stage Entertainment. Los boletos ya se encuentran disponibles a través del sistema Arema. La primera fase de venta permanecerá vigente hasta el 1 de octubre, con precios de $1,000 pesos en zona Preferente y $800 pesos en zona General. Posteriormente, los precios estarán sujetos a las siguientes etapas de comercialización. El próximo 14 de noviembre, Naucalpan recibirá una noche construida alrededor de canciones que sobrevivieron a su propia época. Cuatro bandas, cuatro maneras distintas de aproximarse al rock y un mismo escenario para volver a escuchar una parte fundamental de la historia de la música mexicana. 90’s ROCK📍 Parque Naucalli, Naucalpan, Estado de México📅 Sábado 14 de noviembre de 2026🕕 18:00 horas🎟️ Boletos: Primera fase: $1,000 Preferente / $800 General, hasta el 1 de octubre.

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Virus — Locura (1985): el deseo convertido en canción

Locura, quinto álbum de estudio de Virus, fue publicado en 1985, en plena reconstrucción cultural de la Argentina posterior a la dictadura, Locura encontró en el pop, los sintetizadores y la pista de baile una manera distinta de hablar de libertad. Virus ya había construido una identidad propia, pero aquí Federico Moura y compañía llevaron esa búsqueda hacia un territorio mucho más sensual, provocador y abiertamente hedonista. El disco terminó vendiendo más de 200 mil copias y se convirtió en el gran punto de consagración popular de la banda. Desde “Pronta entrega”, con ese piano que abre el álbum antes de que aparezca la voz de Moura, Virus plantea una música elegante pero inquieta. Hay algo nocturno en sus teclados, en las guitarras y en esas baterías que parecen diseñadas para moverse antes que para golpear. Locura no necesita endurecerse para ser rock: su fuerza está precisamente en la sofisticación. Y después aparece “Tomo lo que encuentro”, seguida por “Pecados para dos” y “Destino circular”, canciones donde el deseo deja de ser un asunto escondido para convertirse en materia pop. El sexo, el placer, la culpa, la ansiedad y la intimidad atraviesan buena parte del álbum, pero Virus evita convertirlos en declaraciones obvias. Hay insinuación, humor, erotismo y ambigüedad. Entonces llega “Una luna de miel en la mano”, probablemente el momento más emblemático del disco. Una canción sobre la masturbación convertida en una pieza de pop luminoso, juguetón y profundamente sensual. Su título toma como referencia Ulises de James Joyce, y su lenguaje demuestra una de las grandes virtudes de Virus: decir lo prohibido sin necesidad de gritarlo. Pero quizá el gesto más radical aparece en “Sin disfraz”. En una época en la que la homosexualidad todavía era motivo de estigma y silencio, Federico Moura convirtió la ambigüedad en una forma de libertad. La canción no necesita convertirse en manifiesto: simplemente propone existir sin esconderse. Esa sutileza terminó siendo mucho más poderosa que cualquier consigna. Musicalmente, Locura se encuentra justo en el punto donde el rock argentino comienza a mirar definitivamente hacia el synth-pop, la new wave y la música electrónica. Los teclados tienen tanto peso como las guitarras; el ritmo se vuelve parte central de la composición y la producción adquiere una pulcritud que contrasta con la actitud provocadora de las letras. El resultado es un álbum que puede escucharse como rock, como pop o, sencillamente, como música para bailar. Quizá por eso Locura sigue funcionando. Porque debajo de sus sonidos ochenteros hay algo que no envejeció: el deseo de vivir el cuerpo, el placer y la identidad con libertad. Virus entendió algo que todavía resulta vigente: que la provocación no siempre necesita escándalo. A veces basta con una melodía perfecta, un sintetizador, una pista de baile y alguien dispuesto a cantar aquello que los demás todavía no se atreven a decir. Escuchar Locura hoy no es solamente volver a 1985. Es recordar que hubo un momento en que bailar también podía ser una forma de emancipación. Locura fue grabado en Buenos Aires y mezclado en Nueva York; incluye ocho canciones y contó con Cachorro López como músico invitado.

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Kurt Ceron estrena “El Jardín de los Delirios”, un EP que desafía etiquetas y abraza la contradicción

El proyecto de música alternativa originado en la CDMX presenta su primer trabajo de larga duración: siete canciones donde el rock, la cumbia y la psicodelia conviven al servicio de la emoción. Kurt Ceron, el proyecto musical que entiende cada canción como un universo narrativo, lanza hoy su primer EP: El Jardín de los Delirios. Disponible en todas las plataformas digitales, el trabajo reúne siete temas que exploran las contradicciones humanas desde una perspectiva que privilegia la emoción por encima de las etiquetas de género. Iniciado en 2022 en la Ciudad de México, el proyecto encontró su identidad a partir de una búsqueda constante por crear música que conecte desde lo humano antes que desde lo estilístico. Lejos de responder a un género específico, Kurt Ceron construye cada pieza a partir de la historia que necesita contar. Así, en este EP conviven el rock alternativo, la psicodelia, el funk, la cumbia sonidera, influencias de la música latinoamericana y, de manera orgánica, matices del jazz, el rock progresivo e incluso el metal. “El Jardín de los Delirios” está compuesto por seis canciones que conforman el cuerpo central de la obra, más un bonus track que funciona como una puerta de regreso al universo del proyecto. A lo largo del recorrido, aparecen temas como el miedo, la amistad, la incertidumbre, la memoria, el amor, la euforia y la fragilidad humana. El título no es casual: el “delirio” no alude a la pérdida de la razón, sino a la intensidad con la que, a veces, vivimos nuestras emociones. Las letras están construidas con imágenes y símbolos que permiten distintas lecturas, pero sin convertirse en un acertijo. El objetivo, explica el proyecto, es que cualquier persona pueda encontrar algo propio en cada canción, ya sea desde la emoción inmediata o desde la curiosidad de quien decide adentrarse en capas más profundas. Además de sus lanzamientos como solista, Kurt Ceron ha compuesto música original para un documental, explorando su interés por la relación entre la imagen y el sonido. También ha participado en diversas bandas y proyectos como compositor, productor e instrumentista. Con El Jardín de los Delirios, Kurt Ceron da el primer paso en la construcción de un universo artístico donde la música, la narrativa y el simbolismo dialogan constantemente. Una propuesta que nace de una convicción sencilla: la música puede acompañarnos incluso cuando no tiene respuestas.

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Fer Oscos lanza “Blusio”: Un viaje de 14 canciones donde el blues se transforma en experiencia universal

El guitarrista, cantante y compositor mexicano Fer Oscos ha presentado “Blusio”, su primer álbum de estudio, un trabajo de 14 temas que parte del blues como columna vertebral para explorar un universo sonoro que abarca el funk, el jazz, el folk y el rock alternativo. El material, disponible en todas las plataformas digitales, se presenta como un viaje emocional que transita desde la euforia hasta la introspección más profunda. “Blusio” no es un disco de género, sino un compendio de influencias donde el blues sirve como punto de partida para una mutación sonora. Bajo una estética vintage y onírica, Fer Oscos combina texturas atmosféricas, guitarras líquidas y ritmos que van del funk al soul, siempre priorizando la musicalidad orgánica y la ejecución instrumental. El álbum explora el amor como una forma de conciencia universal, transformando las experiencias cotidianas en oro sonoro. El tracklist guía al oyente a través de un arco emocional meticulosamente construido. El disco abre con la energía de “Sueño Azul Zz”, “Viaja Conmigo” y “Me Rindo”, para luego dar un giro con “Mujer de Negro”, un tema bossa con toques de blues al estilo Santana. “Right” introduce el soul con un dueto vocal, mientras que “Luna Roja” añade una capa experimental con influencias de Gorillaz y Radiohead. La mitad del álbum marca un punto de inflexión introspectivo con “Oro y Plata” , un viaje melódico con guitarra clásica y beat atípico que se convierte en el centro emocional del disco. A partir de ahí, la introspección se profundiza con temas como “Cerca”, que introduce el jazz con trompeta y guitarra; “Vidas Pasadas”, una balada con piano acústico; y “Más”, la balada blues romántica por excelencia. El disco cierra con un tramo de reflexión profunda. “Flores” y “Mano de Plata”, el único tema instrumental, sirven como interludios antes del final. “Palabras Olvidadas” mezcla influencias de los Beatles y Café Tacvba, mientras que “¿Qué Es Lo Que Ves?” culmina el viaje con una balada acústica estilo country-blues, devolviendo al blues a su forma más esencial: voz, guitarra y conexión humana. Fer Oscos combina lo clásico con lo moderno en un sonido que explora el blues, el R&B, el folk y el rock clásico, infusionados con la frescura del indie y la música alternativa. Con “Blusio”, el artista busca ser un espejo de reflexión ante la vida, ofreciendo un viaje sonoro que invita a reconocer la conexión universal a través de la música.

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Azulla presenta “Destinos”, “Angel Nova” y “Mi Nombre es Phil”: tres mundos en un solo lanzamiento

La banda regiomontana Azulla estrenó el pasado 29 de junio su segundo lanzamiento del año. Se trata de un triple sencillo conformado por los temas “Destinos”, “Angel Nova” y “Mi Nombre es Phil”, canciones que ya están disponibles en todas las plataformas digitales y que confirman el crecimiento de la agrupación dentro de la escena independiente del norte de México. Azulla nació a finales de 2024, cuando Diego convenció a su hermano Jaime de armar una banda. Con los ahorros de ambos compraron equipo usado y convirtieron la recámara de la casa en un estudio de grabación. Desde entonces, el proyecto ha ido tomando forma con una propuesta que combina la energía del rock clásico con letras que invitan a la reflexión y a la aventura. Influenciados por Scorpions, AC/DC, Alejandro Sanz y Coldplay, los hermanos han construido un sonido propio que no busca encajar en etiquetas, sino contar historias. Eso es precisamente lo que logran con su nuevo lanzamiento. “Destinos” abre el trío con una invitación a la paciencia y a disfrutar el camino. La canción se mueve sobre bases rockeras firmes y su estribillo se convierte en un mantra optimista que recuerda que la música es compañía en el viaje.  “Angel Nova” es la pieza más atmosférica del conjunto. La canción habla de los aromas como vehículos de recuerdos, de esos instantes que no queremos que terminen. Con guitarras etéreas y una voz en registro íntimo, el tema logra transmitir una sensación táctil que envuelve al oyente. “Mi Nombre es Phil” cierra el lanzamiento con un giro inesperado. Es el tema más rockero del trío, con un riff pegadizo y una letra que celebra la aventura y la libertad de perderse a uno mismo. “No todos los piratas buscan un tesoro perdido, algunos sólo desean la aventura”, plantea la canción, que se convierte en un respiro lúdico dentro del repertorio de la banda. El triple sencillo funciona como un tríptico narrativo: la reflexión, la emoción y la liberación. Tres canciones que dialogan entre sí y que muestran la versatilidad de una banda que ha encontrado su voz sin necesidad de apresurar el proceso. El 2025 fue el año del debut para Azulla. La banda grabó sus primeros temas y se presentó en Café Asamblea y Café Iguana. El 2026 es el año de la consolidación. Con los lanzamientos de mayo y este triple sencillo de junio, la banda demuestra que el crecimiento es cuestión de pisar firme.

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Escuchar profundamente ahora no es un lujo, es una necesidad: Entrevista con el productor Rafael Anton Irisarri

“Escuchar profundamente ahora no es un lujo, es una necesidad. El mundo está saturado de estímulos, y el acto de simplemente detenerse y atender con precisión se ha convertido en algo raro y casi radical”, nos comenta el productor Rafael Anton Irisarri en esta interesante entrevista que tuvimos con él. Portrait by Iulia Alexandra Magheru. Barcelona, 2026. 📷Foto de portada tomada por: @pervitineBarcelona, 2026 6.Black Knoll se ha convertido en un espacio de referencia para artistas muy distintos entre sí. ¿Qué buscas cuando decides involucrarte en un proyecto ajeno?Bueno, primero que nada que me guste a mi y pueda relacionarme con el material. Es lo mas importante. Para mi seria muy jodido hacer un buen trabajo con una musica que no me llame la atencion, que no me mole, vamos, tendria que comerme menudo marron! Es imprecindible que me guste. Y bueno, lo otro que me gusta es cuando se relaciona a musica que tenga que ver algo con lo que yo hago o artistas que admiro mucho. Por ejemplo, cuando he trabajado en algunos discos de William Basinski o Terry Riley, o haber podido trabajar con Ryuichi Sakamoto o MONO, artistas que han influido mi propia manera de componer o ver la musica en general. Es muy especial cuando esto sucede. 7.Has sido crítico con la manera en que las plataformas de streaming han transformado la música en contenido de consumo rápido. ¿Cómo percibes actualmente el estado de la música ambient?Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, nunca había habido tanta gente escuchando música ambient. Es evidente que el género ha crecido muchísimo en los últimos años y que ha encontrado una audiencia enorme a través de las plataformas de streaming. Pero también creo que ese crecimiento ha venido acompañado de ciertos problemas. He dicho alguna vez que la música ya no se comercializa principalmente como música, sino como contenido. Las plataformas están diseñadas para maximizar tiempo de uso, recopilación de datos y consumo continuo, y eso inevitablemente afecta a cómo se crea y se escucha la música. En el caso del ambient, muchas veces se ha reducido a una función: música para dormir, para estudiar, para concentrarse o para aliviar el estrés. No hay nada malo en esos usos, pero cuando eso se convierte en el marco dominante, corres el riesgo de que una forma artística muy rica y diversa acabe percibiéndose como mero fondo sonoro. Lo que algunos llaman “Spotify Ambient” es un buen ejemplo de ello. Hay muchísima música hecha específicamente para alimentar playlists algorítmicas, música que funciona como una especie de papel pintado sonoro. Y cuando escuchas a compositores con una voz propia, gente que realmente está intentando comunicar algo personal, la diferencia se percibe inmediatamente. Aun así, no soy pesimista. Creo que sigue existiendo una comunidad muy fuerte de artistas que entienden el ambient como un medio de expresión profunda y no simplemente como un producto funcional. Hay músicos haciendo trabajos extraordinarios, explorando nuevas formas, nuevas texturas y nuevas ideas. El reto es que el público pueda encontrarlos en medio de un ecosistema que premia la inmediatez y el consumo pasivo. Para mí, el ambient sigue siendo una música que exige atención, incluso cuando es sutil. Sus mejores obras no están pensadas para llenar el silencio, sino para transformar la manera en que escuchamos. Y mientras haya artistas comprometidos con esa idea, el género seguirá teniendo un futuro muy interesante. Photo credit: R.J. Irisarri, taken in Biarritz, 2020. 9. Qué descubriste durante la realización de ese disco que no sabías sobre ti mismo antes de comenzarlo?Creo que lo que descubrí fue hasta qué punto sigo confiando en la intuición. Cuando empecé a trabajar en el disco no tenía una tesis ni una narrativa completamente definida. Tenía una serie de sensaciones, algunos lugares, determinadas experiencias y una serie de materiales sonoros que me resultaban interesantes. El significado fue apareciendo poco a poco. Muchas veces la gente asume que hay un concepto claro desde el principio, pero a veces suele ocurrir al revés. Paso meses trabajando y, de repente, empiezo a reconocer los temas que han estado presentes todo el tiempo. Es como si la música supiera antes que yo de qué trata el proyecto. Durante la realización del disco me di cuenta de que cada vez confío más en ese proceso. En lugar de intentar imponer una idea preconcebida, prefiero escuchar lo que el material está sugiriendo. Las conexiones entre memoria, distancia, aislamiento o percepción no fueron el punto de partida; fueron cosas que fui descubriendo a medida que avanzaba. Eso también me recordó algo importante: que no siempre necesitas entender completamente una obra mientras la estás haciendo. A veces el trabajo consiste precisamente en seguir una intuición y aceptar que las respuestas llegarán más tarde, si es que llegan.

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Diles que no me maten presenta su video las noches que dormimos en sillas, pieza homenaje al cine de los años veinte

En una época en la que la inteligencia artificial comienza a transformar la manera en que se producen imágenes, videos e incluso obras musicales, la banda mexicana Diles que no me maten ha decidido mirar hacia el pasado para hacer una declaración profundamente contemporánea. El grupo presentó el video de “las noches que dormimos en sillas”, una pieza concebida como un homenaje al cine de los años veinte y, al mismo tiempo, como un acto de resistencia frente a la automatización de la imagen. Lejos de recurrir a efectos digitales o herramientas generativas, el videoclip fue filmado íntegramente en Super 16 mm a 18 cuadros por segundo, replicando la cadencia del cine silente. Todos los efectos visuales y trucos de magia que aparecen en pantalla fueron realizados de manera práctica, frente a la cámara y sin ningún tipo de intervención digital. El resultado es una obra que reivindica el error, la imperfección y el trabajo manual como elementos esenciales de la creación artística. Más que un videoclip, la banda lo define como un sueño materializado por humanos para humanos. La decisión estética no responde únicamente a una búsqueda visual. También funciona como una reflexión sobre el momento que atraviesa la producción audiovisual contemporánea, donde la inmediatez y la generación artificial de imágenes parecen desplazar lentamente los procesos artesanales. En ese sentido, el video propone una experiencia distinta: una pieza construida desde la paciencia, el oficio y la presencia física de quienes la realizaron. La canción forma parte de Escrito en agua, el cuarto álbum de estudio de Diles que no me maten, publicado el pasado 12 de junio a través del sello Moonlight Activities. A lo largo de sus diez composiciones, el disco continúa expandiendo el universo sonoro de la agrupación, transitando entre el art rock, el post-rock, el krautrock, el jazz y la experimentación atmosférica. Se trata de un trabajo introspectivo que explora la fugacidad de las cosas y la naturaleza cambiante de la memoria. El título del álbum toma inspiración de una inscripción presente en la tumba del poeta palestino Mahmoud Darwish, una imagen que sugiere que cualquier intento por fijar un recuerdo, una emoción o una obra artística está inevitablemente destinado a transformarse y desaparecer. Ese concepto atraviesa también “las noches que dormimos en sillas”. Tanto la canción como su video dialogan con la fragilidad de la experiencia humana, apostando por lo efímero frente a la ilusión de permanencia que promete la tecnología. Con una duración de poco más de 3 minutos, el videoclip se convierte en una pieza donde la fotografía analógica, los juegos de perspectiva, las ilusiones ópticas y la puesta en escena construyen un universo onírico que parece suspendido en el tiempo. En lugar de competir con las posibilidades infinitas de la inteligencia artificial, Diles que no me maten elige otra ruta: recordar que todavía existen imágenes que solo pueden nacer del encuentro entre personas, cámaras, película y luz. En un panorama donde la conversación sobre el futuro de la creación artística apenas comienza, “las noches que dormimos en sillas” funciona tanto como una extensión conceptual de Escrito en agua como una defensa del trabajo humano detrás de la imagen.

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