Virus — Locura (1985): el deseo convertido en canción
Locura, quinto álbum de estudio de Virus, fue publicado en 1985, en plena reconstrucción cultural de la Argentina posterior a la dictadura, Locura encontró en el pop, los sintetizadores y la pista de baile una manera distinta de hablar de libertad. Virus ya había construido una identidad propia, pero aquí Federico Moura y compañía llevaron esa búsqueda hacia un territorio mucho más sensual, provocador y abiertamente hedonista. El disco terminó vendiendo más de 200 mil copias y se convirtió en el gran punto de consagración popular de la banda. Desde “Pronta entrega”, con ese piano que abre el álbum antes de que aparezca la voz de Moura, Virus plantea una música elegante pero inquieta. Hay algo nocturno en sus teclados, en las guitarras y en esas baterías que parecen diseñadas para moverse antes que para golpear. Locura no necesita endurecerse para ser rock: su fuerza está precisamente en la sofisticación. Y después aparece “Tomo lo que encuentro”, seguida por “Pecados para dos” y “Destino circular”, canciones donde el deseo deja de ser un asunto escondido para convertirse en materia pop. El sexo, el placer, la culpa, la ansiedad y la intimidad atraviesan buena parte del álbum, pero Virus evita convertirlos en declaraciones obvias. Hay insinuación, humor, erotismo y ambigüedad. Entonces llega “Una luna de miel en la mano”, probablemente el momento más emblemático del disco. Una canción sobre la masturbación convertida en una pieza de pop luminoso, juguetón y profundamente sensual. Su título toma como referencia Ulises de James Joyce, y su lenguaje demuestra una de las grandes virtudes de Virus: decir lo prohibido sin necesidad de gritarlo. Pero quizá el gesto más radical aparece en “Sin disfraz”. En una época en la que la homosexualidad todavía era motivo de estigma y silencio, Federico Moura convirtió la ambigüedad en una forma de libertad. La canción no necesita convertirse en manifiesto: simplemente propone existir sin esconderse. Esa sutileza terminó siendo mucho más poderosa que cualquier consigna. Musicalmente, Locura se encuentra justo en el punto donde el rock argentino comienza a mirar definitivamente hacia el synth-pop, la new wave y la música electrónica. Los teclados tienen tanto peso como las guitarras; el ritmo se vuelve parte central de la composición y la producción adquiere una pulcritud que contrasta con la actitud provocadora de las letras. El resultado es un álbum que puede escucharse como rock, como pop o, sencillamente, como música para bailar. Quizá por eso Locura sigue funcionando. Porque debajo de sus sonidos ochenteros hay algo que no envejeció: el deseo de vivir el cuerpo, el placer y la identidad con libertad. Virus entendió algo que todavía resulta vigente: que la provocación no siempre necesita escándalo. A veces basta con una melodía perfecta, un sintetizador, una pista de baile y alguien dispuesto a cantar aquello que los demás todavía no se atreven a decir. Escuchar Locura hoy no es solamente volver a 1985. Es recordar que hubo un momento en que bailar también podía ser una forma de emancipación. Locura fue grabado en Buenos Aires y mezclado en Nueva York; incluye ocho canciones y contó con Cachorro López como músico invitado.
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