En una época en la que la inteligencia artificial comienza a transformar la manera en que se producen imágenes, videos e incluso obras musicales, la banda mexicana Diles que no me maten ha decidido mirar hacia el pasado para hacer una declaración profundamente contemporánea.
El grupo presentó el video de “las noches que dormimos en sillas”, una pieza concebida como un homenaje al cine de los años veinte y, al mismo tiempo, como un acto de resistencia frente a la automatización de la imagen.
Lejos de recurrir a efectos digitales o herramientas generativas, el videoclip fue filmado íntegramente en Super 16 mm a 18 cuadros por segundo, replicando la cadencia del cine silente. Todos los efectos visuales y trucos de magia que aparecen en pantalla fueron realizados de manera práctica, frente a la cámara y sin ningún tipo de intervención digital.
El resultado es una obra que reivindica el error, la imperfección y el trabajo manual como elementos esenciales de la creación artística.
Más que un videoclip, la banda lo define como un sueño materializado por humanos para humanos.
La decisión estética no responde únicamente a una búsqueda visual. También funciona como una reflexión sobre el momento que atraviesa la producción audiovisual contemporánea, donde la inmediatez y la generación artificial de imágenes parecen desplazar lentamente los procesos artesanales.
En ese sentido, el video propone una experiencia distinta: una pieza construida desde la paciencia, el oficio y la presencia física de quienes la realizaron.
La canción forma parte de Escrito en agua, el cuarto álbum de estudio de Diles que no me maten, publicado el pasado 12 de junio a través del sello Moonlight Activities.
A lo largo de sus diez composiciones, el disco continúa expandiendo el universo sonoro de la agrupación, transitando entre el art rock, el post-rock, el krautrock, el jazz y la experimentación atmosférica. Se trata de un trabajo introspectivo que explora la fugacidad de las cosas y la naturaleza cambiante de la memoria.
El título del álbum toma inspiración de una inscripción presente en la tumba del poeta palestino Mahmoud Darwish, una imagen que sugiere que cualquier intento por fijar un recuerdo, una emoción o una obra artística está inevitablemente destinado a transformarse y desaparecer.
Ese concepto atraviesa también “las noches que dormimos en sillas”. Tanto la canción como su video dialogan con la fragilidad de la experiencia humana, apostando por lo efímero frente a la ilusión de permanencia que promete la tecnología.
Con una duración de poco más de 3 minutos, el videoclip se convierte en una pieza donde la fotografía analógica, los juegos de perspectiva, las ilusiones ópticas y la puesta en escena construyen un universo onírico que parece suspendido en el tiempo.
En lugar de competir con las posibilidades infinitas de la inteligencia artificial, Diles que no me maten elige otra ruta: recordar que todavía existen imágenes que solo pueden nacer del encuentro entre personas, cámaras, película y luz.
En un panorama donde la conversación sobre el futuro de la creación artística apenas comienza, “las noches que dormimos en sillas” funciona tanto como una extensión conceptual de Escrito en agua como una defensa del trabajo humano detrás de la imagen.
