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Karate – First Time, reencuentro en tiempo suspendido

En un gesto tan inesperado como necesario, Karate, la banda de culto originaria de Boston que fusionó el post-rock, el slowcore, el jazz y el emocore de los 90, regresa con First Time, su primer material inédito en más de 20 años. Este álbum no sólo significa una reactivación creativa para el grupo, sino también una revisión de su lenguaje sonoro bajo una nueva luz: madura, serena y profundamente articulada. Una primera vez que viene después de todo El título First Time puede parecer paradójico para una banda con un legado tan definido, pero en realidad es certero. Este álbum no suena como un intento de replicar el pasado. Más bien, Karate entra al estudio con la sensibilidad de quienes han crecido, que han vivido lejos del escenario, y que aún conservan la capacidad de dialogar con la música como si fuera la primera vez. Los rasgos clásicos del grupo están ahí: Pero aquí todo respira de forma distinta. Menos urgencia, más escucha. Menos distorsión, más espacio. Sonoridad: jazz de cámara con nervio indie Desde el primer track, “Even Now”, se establece un tono íntimo, casi contemplativo. La guitarra se desliza como una pluma sobre el papel, mientras la voz de Farina aparece como un pensamiento apenas pronunciado. Le siguen piezas como “First Time” y “Shards”, que abrazan la estructura narrativa del jazz modal sin abandonar el espíritu de canción. La influencia de artistas como Talk Talk, Codeine o incluso el Bill Evans más atmosférico se hace sentir, pero sin resultar derivativa. Es un sonido contenido, elegante, como si cada nota estuviera puesta con una precisión casi arquitectónica. Las letras, como siempre, evocan escenas cotidianas llenas de significados personales, paisajes urbanos, relaciones en tránsito, silencios que dicen más que los diálogos. Una madurez sin alarde Lo más notable de First Time es su madurez desprovista de cinismo. No hay intención de competir con el pasado, ni con la actualidad. Tampoco hay rastros de nostalgia barata. Karate suena como una banda que ha aprendido el valor del silencio, del matiz, del gesto pequeño que lo transforma todo. Cada canción parece un ensayo sobre cómo envejecer artísticamente sin perder la curiosidad. ¿Para quién es este disco? Conclusión First Time no es un regreso triunfal, porque no busca serlo. Es más bien un reencuentro paciente y sincero con la música, con el lenguaje que Karate siempre cultivó en los márgenes de la industria y que ahora vuelve a florecer en tiempos donde la atención es un lujo. Como todo lo que hace Karate, este disco no grita. Pero si lo escuchas con calma, susurra cosas que pocos discos dicen hoy en día.

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Mira el documental sobre Ryuichi Sakamoto: Coda (2017)

Ryuichi Sakamoto: Coda no es solo un documental sobre un músico. Es un retrato íntimo, casi susurrado, de un hombre que pasó su vida traduciéndose al mundo en notas, frecuencias y silencios. Dirigido por Stephen Nomura Schible, Coda nos muestra a un Sakamoto en los bordes: entre la vida y la muerte, entre la creación y el silencio, entre el ruido del mundo y la música del alma. El documental inicia con una premisa ineludible: Sakamoto ha sido diagnosticado con cáncer de garganta. Y sin embargo, lo vemos caminar por bosques nevados, colocar micrófonos en ríos congelados, acariciar el teclado de un piano como si cada nota pudiera curar algo. Lo vemos vivir. Crear. Buscar. LINK HD VOSE: https://ok.ru/video/6187430972117 Dirección: Stephen Nomura Schible- Género:| Documental sobre música. Biográfico Coproducción: Japón-Estados Unidos Una vida hecha música Desde su paso por Yellow Magic Orchestra —pioneros absolutos del electro pop japonés— hasta sus composiciones para cine como Merry Christmas Mr. Lawrence o The Revenant, Ryuichi Sakamoto siempre trabajó desde la fisura entre lo humano y lo artificial. Coda nos recuerda que su música no solo es tecnológicamente innovadora, sino profundamente espiritual. Suena al mundo. A un planeta herido y al mismo tiempo vivo, que respira en cada grabación de campo que colecciona con devoción. El documental tiene un ritmo contemplativo, casi zen. No busca respuestas, sino reflejos. Sakamoto habla poco, pero lo que dice pesa. Reflexiona sobre la muerte, la ecología, la memoria sonora. Sus silencios son también música. La fragilidad como motor creativo Uno de los momentos más conmovedores es verlo construir una pieza a partir de un viejo piano semi-destruido por el tsunami de Fukushima. No busca restaurarlo: quiere capturar su dolor. Cada tecla suena quebrada, irregular, como una herida abierta. Para Sakamoto, esa es precisamente la belleza. Coda está lleno de estos gestos: humanos, frágiles, rotos y al mismo tiempo luminosos. La enfermedad no paraliza su impulso creativo. Lo profundiza. Lo despoja. El proceso de composición se convierte en una meditación sobre el cuerpo, el tiempo, la memoria. Cada sonido parece ser elegido con la conciencia de que podría ser el último. Un testamento sutil Más que un recuento de logros, Coda es un testamento ético y estético. Sakamoto no quiere dejar una obra grandilocuente, quiere dejar una huella auténtica. Sus notas buscan armonizar con el mundo, no dominarlo. Nos enseña que la música no tiene que gritar para ser revolucionaria. Cuando lo vemos grabar sonidos de lluvia, de viento entre los árboles o de un piano desafinado, entendemos que para él, la música no está en la partitura: está en el estar presente. En el abrir los oídos. En escuchar lo que otros pasan por alto. Epílogo Coda no es un final, aunque su título lo sugiera. Es una continuación serena, una reverencia ante la vida, ante la naturaleza, ante el poder del arte como refugio y resistencia. Quien vea este documental no solo aprenderá sobre la obra de Ryuichi Sakamoto. Aprenderá a escuchar mejor. A vivir más lento. A entender que entre una nota y otra, también hay belleza.

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Entrevista con Jairo Guerrero sobre Sexto Sentido, su nuevo disco y propuesta transmedia

Jairo Guerrero tenía la idea de una percepción más allá de los sentidos tradicionales, de una sensibilidad expandida, que dialogara muy bien con lo que buscaba musicalmente. Quería que quien se encontrara con su proyecto empezara a atar cabos, a reconocer elementos que dialogan entre sí, y en ese proceso, activara su propio “sexto sentido”. Porque al final, los sentidos son eso: sonido, imagen, intuición. Inspirado en el cuento homónimo del poeta mexicano Amado Nervo. Es una obra que fusiona música electrónica con piano clásico y que se presenta de manera expansiva en varios formatos: como álbum, como cuento descargable en PDF y como experiencia visual que acompaña cada track en Spotify. Toda la propuesta está reunida en el sitio: www.misextosentido.net. Platicamos con él para conocer más detalles sobre su nueva obra. 1. Sexto Sentido, tu más reciente trabajo, está inspirado en un cuento de Amado Nervo. ¿Qué elementos de este relato te llevaron a traducirlo en una experiencia musical? ¿Qué resonó en ti de ese texto? Una de las cosas que más me resonó del cuento fue el universo paralelo que plantea a partir de las visiones del protagonista. Hay una atmósfera distópica que conecta de inmediato con lo que yo quería construir: un disco de música electrónica para un presente distópico, con tintes de ciencia ficción. Me sorprendió encontrar un relato así de Amado Nervo. Uno suele asociarlo con la poesía romántica, pero aquí aparece como un precursor de la narrativa de ciencia ficción en México, desde principios del siglo XX. Has desarrollado Sexto Sentido como una propuesta transmedia: disco, cuento en PDF y visuales para cada pista. ¿Qué buscabas lograr con esta expansión del formato tradicional de álbum? No me interesaba hacer un disco tradicional. Sexto Sentido pedía algo más. No solo por su vínculo con un cuento literario, sino por la necesidad de generar una experiencia completa. La expansión no está solamente en los distintos formatos —el álbum, el texto, los visuales— sino en la manera en que la obra se recibe. Cuando una obra es expansiva, no significa que se presenta en muchas plataformas; significa que tiene la capacidad de desplegarse dentro de quien la escucha, de abrir conexiones, de activar sentidos. Y parte fundamental de esa expansión fue conectar directamente la música con la palabra. Por eso incluí además el cuento original de Amado Nervo en un PDF interactivo, donde fragmentos de la lectura están vinculados con las canciones del disco en Spotify. Era una manera de que el texto y el sonido se tocaran como dimensiones distintas de una misma experiencia. ¿Cómo es tu proceso de composición cuando el punto de partida es un texto literario? ¿El sonido aparece primero o dejas que la palabra dicte el ritmo? La palabra siempre dicta el ritmo. Pero antes de llegar al sonido, me sumerjo en lo que sugiere más que en lo que dice. No se trata de ponerle música a un poema, sino de dejar que el lenguaje active una arquitectura sonora. A veces el texto detona un estado emocional, a veces una secuencia armónica, a veces una imagen acústica más abstracta. Es un diálogo vivo. La literatura, sobre todo en ciertos relatos, tiene una dimensión muy audiovisual. Y cuando me enfrento a un texto como El Sexto Sentido de Amado Nervo, más allá del relato, lo que veo es una suerte de guion. En ese sentido, lo que construyo no es una serie de canciones, sino una banda sonora. La fusión de electrónica con piano clásico no es tan común. ¿Qué representa para ti el piano dentro de este nuevo disco y qué lugar ocupa en la narrativa sonora de la obra? El disco tiene dos protagonistas, igual que el cuento: el personaje que vive en tiempo presente y el presente mismo, que cambia y se distorsiona a medida que se activan sus visiones. En la música, esa dualidad está representada por el piano y la electrónica. El piano es el cuerpo, lo orgánico, lo humano. Representa al personaje que intenta adaptarse a esa nueva percepción que lo rebasa. La electrónica, en cambio, es el entorno alterado, ese presente distorsionado donde los sentidos se expanden y todo empieza a mutar. El diálogo entre ambos, más allá de buscar un equilibrio, propone una adaptación de un mundo al otro. Finalmente, como bien plantea la pregunta, esta fusión no es tan común, como tampoco lo es una persona con visiones del futuro tratando de habitar un presente que comienza a volverse distópico. Tu experiencia como miembro de la Academia Latina de la Grabación te sitúa en una posición singular. ¿Cómo percibes la apertura —o resistencia— de la industria latinoamericana hacia propuestas experimentales como la tuya? La industria sigue teniendo una deuda con la experimentación. Hay espacios, pero son pocos, y muchas veces son más tolerados que realmente valorados. La categoría de electrónica dentro de los premios todavía se asocia principalmente a la pista de baile, no al arte sonoro ni a la exploración conceptual. Y aunque eso sigue siendo una limitación, también representa una oportunidad: obliga a más artistas a pensar en obras completas, en piezas conceptuales que vayan más allá del single, que sigue siendo el formato dominante en la música electrónica. En ese sentido, el artista que construye narrativas en lugar de solo canciones abre posibilidades desde otro enfoque. Por ejemplo, categorías como Álbum Instrumental en los Latin Grammy permiten que proyectos como Sexto Sentido sean considerados y recibidos, pero solo cuando se presentan con una estructura clara y una historia detrás. Es en ese contexto donde esta música —aunque electrónica— empieza a ser entendida desde otro lugar. En un entorno digital saturado de estímulos, ¿cómo dialoga una obra como Sexto Sentido, tan introspectiva y poética, con las plataformas de consumo rápido como Spotify o redes sociales? Creo que justamente lo introspectivo, lo poético y lo conceptual —en medio de tanto estímulo digital— es lo que termina siendo ruido. Pero ruido en el mejor sentido: una interrupción. Yo lo veo como una

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the Very First Two Hours Of MTV, el primer programa de mTV EN 1981

El video “The Very First Two Hours Of MTV” es un documento histórico imperdible para todo amante de la música. Emitido por primera vez la madrugada del 1 de agosto de 1981, este fragmento reconstruye el arranque de la cadena que transformó la relación entre el sonido y lo visual. Un lanzamiento tanto cósmico como experimental MTV abrió con una poderosa declaración: imágenes reales del lanzamiento del transbordador Columbia junto al icónico “Ladies and gentlemen, rock and roll”. Apenas segundos después, se escuchó la célebre voz del presentador John Lack y despegó la señal hacia un nuevo universo televisivo. Con un carácter casi artesanal, adaptándose sobre la marcha a los errores técnicos, planos mal cronometrados, y cortes inesperados, queda claro que aquello fue mucho más una apuesta audaz que un proyecto perfectamente calculado . El poder de las imágenes (y los VJs) El primer video fue “Video Killed the Radio Star” de The Buggles, un guiño profético que definía el sentido de aquella nueva televisión musical, seguido por Pat Benatar con “You Better Run”, la primera mujer en aparecer en la ya legendaria pantalla. Un dato curioso: justo después, la transmisión experimentó minutos de silencio absoluto, seguidos de segmentos que se sentían improvisados, como un micro-documental sobre MTV y un bloque de comerciales que incluía desde carpetas escolares hasta adelantos de Superman II. Algunos de los primeros VJs —Alan Hunter, Martha Quinn, J.J. Jackson, Nina Blackwood y Mark Goodman— incluso se presentaron en pantalla, poniéndole rostro y voz a las primeras manchas en esa nueva forma de consumir música visualmente. Género, diversidad e impacto cultural Durante esas dos horas iniciales, predominaban artistas blancos y masculinos: de Rod Stewart a Styx, pasando por The Pretenders. Había presencia femenina, como Pat Benatar, Stevie Nicks y Juice Newton, pero ninguna persona negra, un reflejo del sesgo inicial de la cadena. Curiosamente, este enfoque excluyente cambió pronto: la entrada de estrellas como Michael Jackson y Prince en 1982 resultó decisiva para popularizar el formato y diversificar su catálogo . MTV como rito generacional Estas primeras horas de MTV representan no solo una curiosidad histórica, sino también el inicio de una era en la que la industria de la música se construyó sobre imágenes. Como señala una nota en Mental Floss, MTV equiparó su primer día con la llegada del hombre a la luna: declaraciones grandilocuentes que no eran vanas. Lo más destacable: En conclusión Ver este fragmento es viajar a un momento definitorio en la cultura pop. Es observar el nacimiento de un medio que cambió la forma de ver y escuchar música. Una cápsula del tiempo donde los errores programáticos, la selección musical y los primeros rostros se convierten en monumentos a una revolución visual que definió los años 80… y el resto de la cultura mediática contemporánea. Si te interesa también puedo indagar en playlists, análisis de videos de esa primera tanda o hacer un perfil de alguno de los VJs originales: solo dime.

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John Maus: el filósofo del synth pop oscuro

John Maus es uno de los artistas más enigmáticos, excéntricos e intelectualmente provocadores del panorama musical contemporáneo. Nacido en 1980 en Austin, Minnesota, Maus ha desarrollado una carrera que se mueve entre los márgenes del synth pop, la new wave, el lo-fi y la música experimental, pero con una identidad profundamente filosófica que lo separa de la mayoría de sus contemporáneos. Su obra no es solo musical: es una reflexión estética, política y existencial sobre el lugar del individuo moderno frente al lenguaje, la historia y la tecnología. Intelecto y pop: una ecuación singular Antes de consolidarse como figura musical de culto, Maus estudió filosofía en la Universidad de Minnesota, colaboró con Ariel Pink en sus primeros discos, y más adelante obtuvo un doctorado en Filosofía Política por la Universidad de Hawái. Su tesis versó sobre el concepto de “verdad musical” en la tradición platónica. Esta formación académica influye directamente en su trabajo sonoro: su música es un artefacto pop construido con herramientas retro, pero cargado de densidad conceptual. Estética sonora: entre lo nostálgico y lo distorsionado Musicalmente, John Maus bebe del synth pop de los 80, el gótico romántico, el minimal wave y la música sacra. Sus temas están cargados de sintetizadores análogos, cajas de ritmo vintage, melodías repetitivas y voces barítonas cavernosas, muchas veces filtradas, gritadas o reverberadas hasta el delirio. Su estilo tiene algo de catártico, como si cada canción fuese un grito contenido desde el inconsciente colectivo. Aunque sus temas pueden parecer simples, repetitivos o incluso absurdos en una primera escucha, cada uno esconde una arquitectura minuciosa: loops, disonancias, frases repetidas como mantras que rozan el sinsentido pero que, en su repetición, revelan grietas en la lógica del lenguaje. Maus no busca agradar, busca desestabilizar. Discografía esencial Maus en vivo: performance físico y trance emocional Sus presentaciones en vivo son intensas, físicas y viscerales. Lejos del típico show de electrónica estática, Maus actúa solo en el escenario, acompañado de pistas pregrabadas, mientras grita, se sacude, corre, se golpea el pecho y se lanza al público. Es una experiencia teatral, casi ritual: una especie de exorcismo personal ante una audiencia en trance. Ha sido comparado con Ian Curtis por su entrega emocional cruda, pero también con un predicador de ciencia ficción. Un artista de culto, un pensador incómodo John Maus no busca pertenecer. Se ubica en los márgenes deliberadamente, y es ahí donde su discurso cobra fuerza. Su música no es cómoda, pero es profundamente significativa para quienes conectan con su estética de lo inestable. Para Maus, el pop no es banal: es una forma de filosofía aplicada, un medio para expresar el absurdo de lo real y la urgencia de imaginar otras formas de habitar el tiempo. John Maus no compone canciones: crea grietas en el lenguaje de la cultura pop. En sus repeticiones robóticas, sus loops agrietados y sus letras crípticas, se esconde una crítica feroz al vacío contemporáneo, pero también una fe utópica en la música como forma de redención. Para quienes están dispuestos a escucharlo de verdad, Maus ofrece no respuestas, sino un eco inquietante que, como todo lo verdadero, nunca se apaga.

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Biosphere – The Way of Time: el eco del tiempo en la tundra sonora

El productor noruego Biosphere, alias del influyente artista Geir Jenssen, vuelve a expandir su universo ambiental con The Way of Time, su más reciente trabajo lanzado en 2025. Desde sus inicios en los años noventa, Biosphere ha sido uno de los pilares de la música ambient y experimental, conocido por esculpir paisajes sonoros glaciares, minimalistas y profundamente inmersivos. Con este nuevo álbum, Jenssen no solo refina su estilo ya reconocible, sino que lo vuelve más introspectivo, casi litúrgico, explorando el concepto del tiempo como un fenómeno perceptual, emocional y físico. Una arquitectura de niebla y memoria The Way of Time es un disco que no busca llenar el espacio, sino dejarlo respirar. Cada composición se mueve lentamente, con la paciencia de un glaciar derritiéndose, mientras drones, texturas granulares y resonancias suspendidas se funden con la nada. El tiempo no se mide en minutos aquí, sino en capas: capas de sonido, de silencio, de memoria. El título no es casual. Biosphere ha trabajado durante décadas con la idea del tiempo como forma de percepción alterada —desde la quietud ártica de Substrata (1997) hasta los experimentos más abstractos de Departed Glories (2016) o Angel’s Flight (2021). Pero en The Way of Time, este concepto se convierte en eje narrativo y emocional. Escucha como acto contemplativo El disco se compone de piezas largas, con nombres escuetos, casi científicos, que evocan fragmentos de diario, anotaciones, o fenómenos atmosféricos. Aunque parezca abstracto, hay un hilo muy humano recorriendo todo el álbum: la sensación de estar en un lugar donde el tiempo se ha detenido, pero en el que algo —sutil, latente— sigue ocurriendo. Técnica y sensibilidad Biosphere ha trabajado históricamente con grabaciones de campo, samples procesados y síntesis granular. En The Way of Time, hay una depuración total: todo suena deliberadamente erosionado, como si hubiese sido enterrado bajo capas de hielo durante siglos y recién desenterrado. El uso de silencio como herramienta expresiva es magistral: no hay miedo al vacío, al contrario, se le da protagonismo. La producción —discreta, transparente, controlada— prioriza la experiencia inmersiva. No hay picos, no hay ritmo, no hay melodía reconocible. Pero hay belleza. Hay textura. Y hay pausa. Una pausa radical en un mundo acelerado. Tiempo como sonido, sonido como tiempo The Way of Time no es para todos. Es un álbum que exige una escucha comprometida y solitaria, ideal para caminar sin rumbo, mirar por la ventana bajo la lluvia o simplemente cerrar los ojos. Es un disco para detener el tiempo y habitarlo. Biosphere no reinventa su fórmula, pero sí la lleva a su punto más contemplativo y maduro. En tiempos de sobresaturación musical, Geir Jenssen ofrece un regalo raro: la posibilidad de reconectar con el presente desde el sonido más puro, más lento, más esencial.

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GoGo Penguin – Necessary Fictions: una reinvención luminosa del jazz electrónico

La banda británica GoGo Penguin regresa con Necessary Fictions, un álbum que reafirma su lugar como una de las propuestas más innovadoras del jazz contemporáneo. Con este nuevo trabajo, lanzado en 2024 bajo XXIM Records, el trío de Mánchester —conformado por Chris Illingworth (piano), Nick Blacka (contrabajo) y Jon Scott (batería)— demuestra que su búsqueda sonora no conoce fronteras: si en sus discos anteriores ya habían desdibujado las líneas entre el jazz acústico, la música electrónica, el minimalismo y el post-rock, en Necessary Fictions llevan esa mezcla a un nuevo plano de intensidad emocional y precisión matemática. El arte de reimaginar El título Necessary Fictions es, en sí mismo, una declaración conceptual. Alude a las narrativas que creamos para darle sentido a la experiencia humana, incluso cuando no hay una verdad absoluta a la que aferrarse. En ese sentido, el disco es tanto una construcción sonora como una metáfora: cada pieza es una ficción necesaria para la banda, una arquitectura emocional tejida entre notas y silencios, impulsos rítmicos y texturas digitales. Musicalmente, el álbum transita entre la composición orgánica y el diseño sonoro digital, algo que GoGo Penguin ha perfeccionado con el tiempo. La influencia de Aphex Twin, Radiohead, Massive Attack y Steve Reich sigue presente, pero ahora matizada por un enfoque más introspectivo y narrativo. Diseño sonoro como narración Uno de los grandes logros de Necessary Fictions es su equilibrio entre lo cerebral y lo emocional. Si bien cada composición está estructurada con rigor casi arquitectónico, el resultado nunca suena frío o distante. Al contrario: hay una calidez en los silencios, una humanidad en las imperfecciones deliberadas, una intención poética en cada pausa y repetición. La producción del disco —a cargo de la banda junto con Joe Reiser y Brendan Williams— es limpia, expansiva y rica en matices. GoGo Penguin vuelve a demostrar que es capaz de sonar moderno sin caer en el artificio, usando la tecnología como aliada de la sensibilidad, no como sustituto. Un disco de contemplación y precisión Necessary Fictions no es un disco que busque el aplauso fácil ni los clichés del jazz de vitrina. Es un trabajo que invita a la escucha activa y profunda, ideal tanto para quienes buscan la complejidad técnica como para los que desean simplemente sumergirse en una atmósfera musical envolvente. En tiempos de saturación sonora y velocidad digital, GoGo Penguin propone detenerse, construir ficciones necesarias que nos devuelvan al presente. En ese gesto, el trío reafirma su compromiso con una música que evoluciona, respira y sigue soñando.

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Kvelertak: caos nórdico y euforia desde Noruega

Pocas bandas del siglo XXI han logrado mezclar brutalidad, fiesta, tradición y actitud punk como lo ha hecho Kvelertak. Surgida en Stavanger, Noruega, en 2007, esta agrupación ha redefinido lo que puede ser una banda de metal escandinava: ruidosa pero melódica, agresiva pero contagiosa, profundamente local pero con un alcance global. Su nombre —que en noruego significa “estrangulamiento”— no podría ser más apropiado: su música es un asalto sonoro que aprieta fuerte y no suelta. El origen del caos Kvelertak nació en un país conocido por ser la cuna del black metal más severo, pero desde un inicio su propuesta fue distinta. Lejos de replicar los clichés más oscuros del género, la banda decidió combinar elementos del black metal noruego, el punk hardcore, el rock and roll clásico, el death’n’roll, y una buena dosis de espíritu fiestero, casi hedonista. El resultado fue una mezcla que algunos describen como si Turbonegro, Darkthrone y Thin Lizzy se emborracharan en el mismo estudio y decidieran grabar juntos. Desde sus primeros shows en Noruega, Kvelertak llamó la atención por su energía escénica y por el hecho de cantar exclusivamente en noruego. Esta decisión, lejos de ser una barrera, les otorgó autenticidad y una atmósfera que mezcla lo tradicional con lo moderno, un metal vikingo que suena tanto a ritual pagano como a pogo en un club de punk. Discografía esencial Más allá del idioma Aunque cantan en un idioma que pocos fuera de Escandinavia comprenden, la música de Kvelertak transmite emoción de forma inmediata. El lenguaje del riff, del grito gutural y del breakdown bien colocado es universal. Además, su estética mezcla la iconografía nórdica con un imaginario casi pulp o fantástico, gracias a colaboraciones con ilustradores como John Dyer Baizley (Baroness), lo que les ha dado una identidad visual fuerte y coherente. Legado y relevancia Kvelertak representa una nueva ola del metal nórdico, uno que se permite ser divertido, dinámico, celebratorio, sin perder potencia ni integridad. En una era donde muchos géneros se fragmentan en subcategorías obsesivas, ellos se erigen como una banda unificadora, capaz de tocar en festivales de metal extremo, escenarios punk y salas de rock clásico por igual. Además, han abierto puertas para nuevas generaciones de bandas noruegas que se atreven a romper las fórmulas sin dejar de sonar brutales. Su paso por giras con Metallica, Mastodon, Gojira y Slayer también confirma su estatus como una banda que trasciende nichos. Kvelertak no es sólo una banda, es una celebración del ruido como ritual, del riff como motor emocional y del caos como arte. Su propuesta única los ha colocado como una de las agrupaciones más emocionantes y auténticas del metal contemporáneo. Y mientras sigan haciendo música con el corazón tan encendido como sus amplificadores, su legado solo crecerá. Skål.

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