Karen Zárate Quartet: El impulso de escucharse
En una era donde la música suele fabricarse en soledad frente a una pantalla, donde los beats se programan y las voces se autoajustan hasta perder cualquier imperfección humana, el gesto del Karen Zárate Quartet al grabar “Impulso” en tomas únicas, sin red, sin posibilidad de corrección, adquiere una dimensión casi política. Es una declaración de principios: esto sucedió, y sucedió así, y no volverá a suceder igual. Hay algo profundamente conmovedor en escuchar un disco donde se percibe a los músicos escuchándose mutuamente. Parece obvio, pero no lo es. En gran parte de la producción musical contemporánea, la escucha ha sido reemplazada por el click, por la pista separada, por la posibilidad infinita de editar hasta que todo encaje en una perfección estéril. El cuarteto de Karen Zárate, en cambio, nos recuerda que el jazz, en su esencia más pura, no es un género: es una ética. La ética de estar presente, de responder, de asumir el riesgo de que el otro haga algo inesperado y tener que seguirle el paso. La decisión de trabajar a partir de fragmentos, “frases, dibujos o escenarios a completar” en lugar de partituras cerradas es reveladora. Zárate no impone; propone. No dicta; sugiere. Y al hacerlo, confía en sus músicos no como ejecutantes, sino como coautores. Enrique Jiménez (saxofón), Katzer Suárez (piano) e Ian Gurman (batería) no están ahí para “interpretar” las ideas de la contrabajista; están para completarlas, para darles carne y aliento, para llevarlas a lugares que quizás ella no había imaginado. Esa confianza, esa generosidad creativa, es quizás el gesto más radical en un medio artístico a menudo dominado por el ego y el control. “Lluvia”, la pieza más celebrada del EP, funciona como manifiesto de esta filosofía. No describe la lluvia desde afuera; la construye desde dentro. Cada instrumento aporta una textura, una capa, un matiz. Y el contrabajo, gracias también al trabajo excepcional de grabación de Jan Boker, puede permitirse el lujo de ser melódico sin dejar de ser rítmico, de flotar sobre la textura colectiva sin perder su función de ancla. Es una lección de equilibrio: cómo ser protagonista sin dejar de ser parte. Pero lo que hace verdaderamente especial a “Impulso” es que esta filosofía colectiva no resulta en un producto frío o intelectual. Por el contrario, hay una calidez, una humanidad, que atraviesa cada nota. Se siente la incertidumbre real en los compases iniciales de “Carnaval”, cuando piano y batería aún no saben bien qué hacer. Se siente el riesgo asumido en “Armolodía”, esa pieza que su propia autora describe como “la más fea” y que sin embargo contiene una honestidad desarmante. Se siente, sobre todo, el placer de cuatro personas haciendo música juntas, en el mismo lugar, al mismo tiempo. En un mundo que nos empuja cada vez más hacia el aislamiento digital, hacia la comunicación mediada por pantallas, hacia la producción musical en compartimentos estancos, escuchar “Impulso” es un recordatorio de lo que estamos perdiendo. La música, en su forma más vital, no es un producto: es un encuentro. Y el Karen Zárate Quartet nos invita a ser testigos de ese encuentro, a asomarnos a esa habitación donde cuatro almas deciden, durante el tiempo que dura una toma, confiar la una en la otra. Que haya sido grabado en un estudio que lleva la palabra “free” en su nombre —Pesticide Free Music— no es casualidad. La libertad, aquí, no es ausencia de reglas, sino **presencia de escucha**. Libertad para proponer y para responder, para guiar y para dejarse llevar, para equivocarse y para acertar colectivamente. “Impulso” es un disco breve —apenas un EP— pero su resonancia promete ser larga. No solo por la calidad de sus composiciones o la destreza de sus intérpretes, sino por lo que representa: la supervivencia de una forma de hacer música que confía en lo humano por encima de lo tecnológico, en el riesgo por encima de la seguridad, en el encuentro por encima del aislamiento. En tiempos de inteligencia artificial y producción algorítmica, el jazz sigue siendo, afortunadamente, un territorio donde lo único que no se puede simular es la escucha genuina. Karen Zárate y su cuarteto lo saben. Y nos lo recuerdan con cada nota.
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