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Future Quiet: minimalismo emocional en la etapa más introspectiva de Moby

Desde los albores de la música electrónica alternativa, Moby —nombre artístico de Richard Melville Hall— ha sido un creador insaciable e inclasificable, capaz de moverse con la misma fluidez entre el techno urbano, la música ambiental y la sensibilidad pop expansiva. A más de tres décadas de su debut, el músico estadounidense vuelve a desafiar expectativas con su vigésimo tercer álbum de estudio: Future Quiet, publicado el 20 de febrero de 2026 a través de BMG. En un giro que —aunque coherente con su trayectoria— sorprende por su desnudez emocional, Future Quiet propone un refugio sonoro en tiempos de hiperconexión y ruido constante. Si gran parte de la producción popular contemporánea está construida para impactar por su volumen, Moby apunta en dirección opuesta: este disco habita la calma, la quietud y las texturas mínimas como materia prima. El álbum se presenta como una experiencia contemplativa más que como una colección de canciones individuales. A través de paisajes sonoros ambientales y un cuidado minimalismo pianístico, Future Quiet invita al oyente a entrar en un espacio introspectivo donde la escucha se vuelve un ejercicio de presencia. La mayoría de los temas evitan el dinamismo tradicional del pop o el ritmo bailable, optando por estructuras que respiran, se abren y se dilatan. Como presentación de este enfoque, Moby reinterpreta “When It’s Cold I’d Like To Die” —una pieza originalmente incluida en su clásico Everything Is Wrong (1995)— en una nueva versión protagonizada por la voz de Jacob Lusk (de Gabriels). Esta reimaginación no solo resalta la belleza minimalista de la composición, sino que también retoma la resonancia emocional que la canción ha recuperado tras su reciente sinergia con la serie Stranger Things, donde fue incluida en varias temporadas, conectando con nuevas generaciones de oyentes. Future Quiet despliega colaboraciones cuidadas, con vocalistas como Elise Serenelle, India Carney y serpentwithfeet, que aparecen salpicando una obra que oscila entre lo instrumental y lo vocal, entre lo evocador y lo meditativo. El propio artista ha señalado que el disco surge de su necesidad personal de encontrar un oasis de quietud frente a un mundo cada vez más ruidoso y exigente —una intención que, más allá de la música misma, se puede sentir como un comentario sobre nuestra relación con la tecnología, la ansiedad y la sobrecarga de estímulos. Así, Future Quiet no es un álbum de impacto inmediato, sino uno que se instala con paciencia, exigiendo al oyente una escucha comprometida. Es en esa pausa, en ese espacio entre nota y nota, donde Moby logra fijar una reflexión profunda: la quietud sonora puede ser tan poderosa como el estruendo, y en ella se encuentra, paradójicamente, una nueva forma de intensidad. Future Quiet no solo amplía la obra de uno de los nombres más influyentes de la música electrónica, sino que también adapta su legado a una era que clama por momentos de silencio significativo.

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Entrevista · Seirén, proyecto británico-mexicano

Seirén es un proyecto británico-mexicano con base entre Manchester y la Ciudad de México. En entrevista con Helea Gimeno nos comenta que ahora ya están radicando en CDMX y nos platican sobre su trayectoria, discos, influencias y próxima presentación en el icónico Multiforo Alicia, de la Ciudad de México. Entrevista con Helea Gimeno. 1.Seirén es un proyecto británico-mexicano con base entre Manchester y la Ciudad de México. ¿Cómo influye este cruce geográfico y cultural en la forma en que concibes la música y la identidad del proyecto? (Ahora ya estamos en CDMX de planta). Creo que no influye demasiado el cruce geográfico, pues al ser yo la compositora ya traía la oscuridad y mis propias influencias al llegar a Reino Unido, aunque debo decir que sí hay cierta influencia mancuniana en el sonido del bajo, pues Paul (bajista) es de Manchester y fan de todas esas bandas mancunianas favoritas: The Smiths, Joy Division, Stone Roses, etc. Yo empecé a escuchar esas bandas hace no muchos años. Es verdad que algunas de mis influencias musicales son inglesas, pero eso empezó en México y ya estaba dentro de mí la influencia de ciertas agrupaciones: Radiohead, Cranes, Portishead. 2.La voz es uno de los ejes más distintivos de Seirén: etérea, hipnótica y con matices casi operísticos. ¿Cómo han desarrollado este lenguaje vocal y qué papel juega la voz dentro de tus composiciones? Siento que la voz cantada encuentra su camino por sí sola (por lo menos en mí) y nunca pensé mucho en desarrollar cierto lenguaje vocal en mi música de manera intencional. De la misma manera que mis influencias musicales salen al componer la música, salen al componer las melodías vocales también. Supongo que el desarrollo más o menos inconsciente de mi estilo vocal fue escuchar mucha música clásica y folk búlgaro, y muchas otras músicas del mundo que siempre me gustaron y tratar de cantar esos estilos. Más adelante en mi vida pude estudiar canto con algunos profesores que afortunadamente me enseñaron a desaprender cosas y reforzaron mi propio estilo vocal. Luego pasa que profesores de música quieren que te amoldes a su estilo musical o de enseñanza… eso no pasó, pues encontré a dos senseis en la vida que más bien me ayudaron a seguir usando mi voz como la uso normalmente, pero con algo de técnica para no lastimarme y demás. 3.En tu música conviven rock alternativo, psych folk, shoegaze, progresivo, influencias de Medio Oriente y una oscuridad muy particular. ¿Cómo logras equilibrar todas estas referencias sin perder coherencia artística? Creo que afortunadamente el caos que llevo dentro sale coherente de mi subconsciente y se transforma en cohesión musical. Nunca compongo pensando en que la música debe sonar de una u otra forma. Solo sale… Como dicen los españoles: “Me sale del coño” y ya (no sé si se pueda poner eso en la entrevista jajaj, espero que sí). Lo que sí es que al arreglar la música cuando estoy componiendo, a veces sí pienso: “Ah, esta parte me suena a tal o cual música”. Es como componer al revés. Sale todo y más o menos accidentalmente se escucha medio prog, medio post-rock, medio esto, medio lo otro… en realidad yo creo que no se escucha como esas músicas mencionadas tampoco, pero en el mundo del music biz les encanta clasificar. En el mundo fuera de la música también está esto de tratar de nombrar y clasificar todo. Hay veces que no se puede o es difícil hacerlo; entonces la solución, en mi opinión, es escuchar nuestra música y cada quien que decida a qué le suena. A todo mundo le suena nuestra música a algo diferente, lo cual está chido. Ese para mí es el triunfo máximo. Es como cuando ves una pintura: tal vez a ti te parezca que se trata de un pájaro, a alguien más le parecerá que es acerca de la niñez, a alguien más que es un amanecer… siento que es similar en la música. Hay personas que me dicen que Seirén les suena a prog, a Dead Can Dance, hasta a música latinoamericana… y pues las músicas que me han influido y que influyen a los otros miembros de la banda son muchas y muy diversas. Entonces, inevitablemente se reflejan en las composiciones, arreglos y manera de tocar o cantar. 4.Se suele describir el sonido de Seirén como un punto intermedio entre Jeff Buckley, Radiohead, el post-rock y una psicodelia oscura con ecos de Diamanda Galás. ¿Qué artistas o experiencias han sido claves en la construcción de este universo sonoro? Pues esos mencionados definitivamente y, como dije anteriormente, música búlgara, música clásica, hasta death metal en alguna época. Nunca fui muy prog la verdad, aunque sí me gusta y escucho y escuchaba. También me influenció Dead Can Dance, Blur, Massive Attack, Portishead, muchas músicas del mundo. De hecho, no recuerdo nombres pues me gustan demasiadas bandas y músicas. Recuerdo que estaba obsesionada con Aesma Daeva, NIN, The Residents, Primus, A Perfect Circle, pero también cosas “fresas” como Mew, Kings of Convenience y Fleet Foxes los Beatles , música de los 60’s particularemente con orquestación, música árabe o de por esas partes del mundo. También alguna vez andaba metida en el bluegrass y el jazz un poco, y así muchas cosas. Cosas ochenteras, electro, dark wave, Def Leppard (jajaja sí) y cosas goth. Alguna época también escucuchaba bastante a María Dolores Pradera y Los Folkloristas, y así muchas cosas. Demasiada música buena para nada más escuchar de cierto tipo. Otra influencia de la música (letras) fueron varios poetas latinoamericanos y malditos y literatura o pintura y hasta fotografía. Tambien me han influido mis experiencias personales obviamente lo cual se refleja bastante en mi música últimamente. 5.Tus canciones parecen funcionar como paisajes emocionales más que como estructuras tradicionales. ¿Desde dónde nace el proceso de composición: la emoción, la narrativa, la experimentación sonora o la intuición? Exactamente. Son paisajes sonoros que narran emociones. Las letras también son como snapshots de emociones y experiencias personales.

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The Flaming Lips vuelve a México este 18 de abril 2026

La banda estadounidense se presentará el próximo 18 de abril en el Velódromo Olímpico de la Ciudad de México, en una noche que apunta a convertirse en una de las más memorables del año. A lo largo de su trayectoria, The Flaming Lips ha construido un legado singular: actuaciones icónicas en programas nocturnos de televisión, presencia en un comercial del Super Bowl, colaboraciones con artistas como Miley Cyrus, Chris Martin, Kacey Musgraves, Yoko Ono y Tame Impala, además de participaciones en reconocidos soundtracks cinematográficos. Han establecido récords mundiales y desarrollado conciertos inmersivos donde el audio, el video y la interacción con el público forman parte esencial de la experiencia, consolidando un estilo escénico que hoy es referencia obligada. El inconfundible Wayne Coyne, líder y vocalista del grupo, también ha destacado por su perfil como artista visual. Ha diseñado varias de las portadas de la banda y creó la instalación multimedia “The King’s Mouth”, una experiencia audiovisual itinerante que ha recorrido museos de arte contemporáneo en Estados Unidos. En el terreno discográfico, su álbum American Head significó un retorno a composiciones más melódicas y centradas en la canción, recibiendo elogios de la crítica especializada y figurando en numerosas listas de lo mejor del año a nivel internacional. Por otro lado, Yoshimi Battles the Pink Robots, su producción más exitosa en términos comerciales, celebró su 20 aniversario con una edición especial en box set que incluyó demos, material inédito y grabaciones en vivo. Su emblemático tema “Do You Realize??”, nombrado incluso canción oficial de rock del estado de Oklahoma, fue reinterpretado por Willie Nelson en su disco Last Leaf On The Tree. Con una discografía que suma 22 álbumes de estudio, 16 sencillos, 11 compilaciones, 11 EPs y una amplia colección de lanzamientos experimentales en formatos poco convencionales, The Flaming Lips se mantiene como una de las propuestas más creativas e inclasificables del panorama musical estadounidense. El 18 de abril, el público mexicano podrá sumergirse en su universo de luces, psicodelia y energía desbordante. La velada contará además con la participación de Sextile, Gilla Band y UnPerroAndaluz como actos invitados. Una fecha imprescindible para quienes buscan algo más que un concierto: una experiencia sensorial completa. Preventa Banamex: 19 de febrero a las 10:00 a.m.Venta general: un día después a través de Ticketmaster.

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20 discos esenciales del Math Rock Jazz

– Si el math rock nació de la obsesión por la precisión rítmica y el jazz de la libertad improvisatoria, el punto donde ambos se encuentran es uno de los territorios más estimulantes de la música contemporánea. Compases irregulares, síncopas impredecibles, armonías sofisticadas y una ejecución técnica que roza lo atlético: el math rock–jazz no es un subgénero oficial, sino un cruce natural entre músicos que entienden el ritmo como arquitectura y la improvisación como lenguaje. Esta selección reúne 20 discos esenciales que trazan ese puente entre lo cerebral y lo visceral. 1. Don Caballero – American Don (2000) Producido por Steve Albini, este disco es una lección de minimalismo rítmico y tensión progresiva. Damon Che disecciona el pulso con una batería que funciona como instrumento melódico. Es math rock con espíritu jazz en su forma de dialogar internamente. 2. Tera Melos – Untitled (2005) Fragmentado, abrupto y experimental. La guitarra parece improvisar dentro de estructuras imposibles, evocando la espontaneidad del free jazz aunque desde la estética DIY del math. 3. Battles – Mirrored (2007) Un manifiesto de repetición polirrítmica. Loops, percusiones cruzadas y estructuras circulares que recuerdan tanto al minimalismo como a la fusión setentera. 4. Hella – Hold Your Horse Is (2002) Dúo batería-guitarra llevado al extremo. Zach Hill toca como si viniera del free jazz más caótico, pero con precisión matemática. 5. Piglet – Lava Land (2005) Culto absoluto del math instrumental. Su construcción armónica es más cercana al jazz moderno que al post-hardcore. 6. Toe – The Book About My Idle Plot on a Vague Anxiety (2005) Groove elegante y emocional. La batería de Kashikura Takashi tiene una sensibilidad jazzística que eleva cada transición. 7. Mouse on the Keys – An Anxious Object (2009) Dos pianos y batería con formación jazz. Minimalismo contemporáneo que coquetea con el math desde la repetición métrica. 8. Tigran Hamasyan – Mockroot (2015) Jazz armenio con métricas fracturadas. Polirritmia avanzada y agresividad rítmica que conecta directamente con el math progresivo. 9. Hiromi – Time Control (2007) Virtuosismo explosivo. Cambios de tempo, dinámicas abruptas y una sección rítmica que juega con la complejidad como narrativa. 10. The Physics House Band – Horizons / Rapture (2017) Jazz fusión británico con energía math. Técnicamente impecable, pero con groove orgánico. 11. Invalids – Eunoia (2013) Tapping vocal y estructuras irregulares. La interacción instrumental parece jam session hiperfragmentada. 12. Snooze – Actually, Extremely (2018) Brillantez técnica sin perder humor. Influencias claras de jazz contemporáneo y prog. 13. Monobody – Raytracing (2015) Uno de los mejores ejemplos modernos del cruce jazz–math. Improvisación contenida dentro de patrones complejos. 14. CHON – Grow (2015) Melodía luminosa y armonías con sabor jazz-fusión. Math accesible pero técnicamente sólido. 15. Elephant Gym – Underwater (2018) Bajo protagonista con sensibilidad armónica sofisticada. Minimalismo rítmico con precisión casi académica. 16. Yowie – Cryptooology (2004) Complejidad extrema y disonancia. Se acerca al free jazz por su imprevisibilidad radical. 17. Alarmist – Popular Demain (2018) Energía improvisatoria con ejecución precisa. Jazz-rock contemporáneo con ADN math. 18. The Mercury Tree – Countenance (2016) Exploración microtonal y estructuras inusuales. Más cercano al jazz experimental que al rock tradicional. 19. Planets – The Darkest of Grays (2002) Obra adelantada a su tiempo. Fraseo libre y estructuras que evitan la repetición convencional. 20. Shubh Saran – Hmayra (2020) Fusión global con técnica moderna. Jazz progresivo con métricas complejas y producción contemporánea. El math rock–jazz no es un género de consumo inmediato: exige atención, paciencia y cierta fascinación por el detalle. Pero en esa exigencia radica su recompensa. Estos discos no sólo expanden la idea del ritmo y la armonía; también demuestran que la técnica puede ser profundamente emocional. En tiempos donde lo simple domina el algoritmo, esta música insiste en recordarnos que la complejidad también puede ser profundamente humana.

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Converge — Love Is Not Enough (2026): ruido como catarsis

Desde Jane Doe hasta The Dusk in Us, Converge ha demostrado que el hardcore puede ser un espacio de complejidad estructural, vulnerabilidad emocional y experimentación sonora. En este nuevo álbum, la banda no suaviza su discurso; lo afila. El título es una declaración incómoda: el amor no basta. No cuando el mundo arde, no cuando la culpa se acumula, no cuando la violencia —externa e interna— se convierte en paisaje cotidiano. Brutalidad con arquitectura Musicalmente, Love Is Not Enough es un ejercicio de precisión caótica. Kurt Ballou vuelve a esculpir guitarras que suenan como metal oxidado triturándose contra sí mismo. Los riffs no solo golpean: cortan. Hay cambios de ritmo abruptos, silencios estratégicos y explosiones que parecen diseñadas para desestabilizar al oyente. La batería de Ben Koller es, como siempre, un organismo hiperactivo: blast beats que se transforman en grooves pesados sin previo aviso, creando una sensación constante de amenaza. Pero lo más interesante es la tensión entre furia y atmósfera. El disco abre con una descarga frontal —velocidad, distorsión, gritos desollados— y poco a poco introduce pasajes más densos, casi sludge, donde el tempo se arrastra como una herida abierta. Converge entiende que la violencia sonora no siempre se mide en BPM; a veces el peso emocional es más devastador que la velocidad. La voz como herida Jacob Bannon no canta: expulsa. Su interpretación aquí es menos críptica que en trabajos anteriores, aunque mantiene esa poética fragmentada que oscila entre la confesión y el manifiesto. Las letras hablan de desgaste afectivo, culpa colectiva y la imposibilidad de salvarlo todo con buenas intenciones. El “amor” del título no es romántico; es político, ético, humano. Y la conclusión es brutal: no es suficiente. Hay momentos en que la voz se retrae ligeramente, casi hablada, generando una tensión distinta, más íntima. Esos pasajes funcionan como respiraciones forzadas antes del siguiente colapso. Producción: claridad dentro del caos La producción mantiene un equilibrio admirable entre crudeza y definición. Nada suena accidental. Incluso en los momentos más saturados, cada instrumento conserva su lugar en la mezcla. Ballou —productor y guitarrista— sabe cómo capturar la violencia sin convertirla en barro sónico. El resultado es un disco abrasivo pero inteligible, visceral pero técnico. Evolución sin concesiones Lo más notable de Love Is Not Enough es que no intenta replicar la sombra monumental de Jane Doe. En lugar de vivir de su propio mito, Converge continúa expandiendo su identidad. Aquí hay ecos de metal extremo, texturas post-hardcore e incluso momentos cercanos al noise rock más abstracto, pero todo filtrado por esa intensidad emocional que ha definido a la banda durante décadas. Este no es un disco “fácil”. No busca playlists ni concesiones generacionales. Es un álbum incómodo, físico, que exige escucha activa y estómago firme. Pero precisamente ahí radica su potencia: en recordarnos que el hardcore, cuando se hace con convicción artística, puede seguir siendo un espacio de riesgo. Love Is Not Enough no ofrece consuelo. Ofrece verdad cruda. Y en tiempos donde todo parece diluirse en discursos suaves, Converge vuelve a demostrar que la furia, bien dirigida, puede ser una forma de lucidez.

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Savage Imperial Death March: el próximo disco entre Melvins y Napalm Death

Hay colaboraciones que nacen del cálculo y otras que existen porque eran inevitables. Savage Imperial Death March, el encuentro entre Melvins y Napalm Death, pertenece a la segunda categoría. No es un experimento oportunista ni una postal para festivales: es el cruce de dos instituciones del ruido que, desde geografías y velocidades distintas, ayudaron a redefinir la música extrema en los años ochenta. Melvins desaceleraron el hardcore hasta volverlo tectónico; Napalm Death lo comprimió hasta convertirlo en detonación. Sludge y grindcore como polos opuestos de una misma rabia. Lo fascinante de esta colaboración no es que uno intente sonar como el otro, sino que ninguno cede del todo. El resultado no es una media aritmética, sino una fricción constante: riffs densos que parecen arrastrarse por concreto, atravesados por ráfagas de batería que irrumpen como sabotaje interno. El título no es gratuito. “Marcha imperial salvaje” sugiere algo marcial, aplastante, casi caricaturesco en su grandilocuencia. Pero lo que emerge es más complejo: hay ironía, hay humor negro —marca registrada de Buzz Osborne— y hay una conciencia política que nunca ha abandonado a Napalm Death. En lugar de competir por quién suena más extremo, ambas bandas exploran la tensión entre masa y velocidad. Cuando el tempo se ralentiza, el peso es insoportable; cuando acelera, la violencia se vuelve microscópica, casi quirúrgica. En términos de producción, el álbum evita la sobrepulcritud digital que suele desactivar la música pesada contemporánea. Aquí hay aire, hay suciedad controlada, hay espacio para que la distorsión respire. El bajo no solo sostiene: presiona. La batería no solo marca: interrumpe. Y las voces, alternando registros, funcionan como capas de fricción ideológica más que como simple agresión. Históricamente, la alianza tiene sentido. Melvins fueron influencia directa para buena parte del metal alternativo y el sludge posterior; Napalm Death redefinió la velocidad como herramienta política y sonora. Ambos sobrevivieron a la obsolescencia de las modas extremas porque nunca dependieron de ellas. Savage Imperial Death March no intenta actualizar su legado: lo reafirma desde la complicidad. Más que un choque de titanes, este disco funciona como recordatorio de algo esencial: la música extrema no es una competencia de decibeles ni de BPM, sino una exploración de límites. Y cuando dos proyectos con décadas de historia se permiten dialogar sin nostalgia ni concesiones, lo que emerge no es un híbrido domesticado, sino una reafirmación del ruido como forma de pensamiento. El disco sale el 10 de abril de 2026, en formato vinilo y digital.

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La memoria como eco: el soundtrack de Sentimental Value y la sensibilidad musical de Hania Rani

El cine de Joachim Trier siempre ha orbitado en torno a la fragilidad emocional, la memoria y las fisuras invisibles de la intimidad. Desde Reprise hasta The Worst Person in the World, su filmografía ha construido un mapa afectivo donde los silencios pesan tanto como los diálogos. En Sentimental Value, Trier vuelve a ese territorio: una exploración delicada sobre el legado emocional, los vínculos familiares y el peso —a veces insoportable— de aquello que heredamos sin pedirlo. La cinta se mueve en esa frontera donde el pasado no termina de irse y el presente no logra afirmarse del todo. Con una puesta en escena contenida, encuadres íntimos y una narrativa que privilegia los gestos mínimos, Sentimental Value respira introspección. No hay estridencias: hay atmósfera. Y es precisamente ahí donde la música se vuelve decisiva. Hania Rani: minimalismo, textura y emoción suspendida Para acompañar esta historia, Trier convocó a Hania Rani, compositora y pianista polaca cuya obra ha sabido tender puentes entre el minimalismo contemporáneo, la electrónica ambiental y una sensibilidad casi cinematográfica desde sus primeros trabajos como Esja y Home. El soundtrack de Sentimental Value no funciona como mero acompañamiento: es un sistema nervioso paralelo. Rani trabaja con patrones repetitivos de piano, capas sutiles de sintetizadores y silencios estratégicos que amplifican la tensión emocional de las escenas. Su música no subraya el drama; lo sugiere. No manipula al espectador; lo envuelve. Hay momentos donde una figura de piano, casi imperceptible, sostiene una conversación cargada de reproches no dichos. En otros, una textura electrónica tenue crea una sensación de distancia, como si los personajes estuvieran separados por algo más que el espacio físico: el tiempo, el resentimiento, la nostalgia. Sonido y memoria Uno de los mayores aciertos del score es su capacidad para traducir en sonido la idea de “valor sentimental”. Rani utiliza motivos que reaparecen transformados —ligeramente alterados en tempo o armonía— evocando cómo la memoria distorsiona, reescribe y resignifica lo vivido. El resultado es una experiencia auditiva que dialoga directamente con la narrativa de Trier: nada es estático, todo está en proceso de reinterpretación. La producción sonora evita la grandilocuencia. No hay crescendos orquestales desbordados ni golpes emocionales evidentes. En su lugar, encontramos una arquitectura delicada, casi artesanal, donde cada nota parece colocada con precisión quirúrgica. Esa contención potencia el impacto: cuando la música crece, lo hace desde lo íntimo, no desde lo espectacular. Cine europeo, sensibilidad contemporánea La colaboración entre Trier y Rani confirma una tendencia en el cine europeo contemporáneo: apostar por compositores con identidad autoral fuerte, capaces de expandir el universo emocional de una película sin diluir su propio lenguaje. Rani no abandona su estética; la adapta al relato, generando una simbiosis natural entre imagen y sonido. En Sentimental Value, la música no explica lo que vemos: nos permite sentir lo que los personajes no pueden decir. Es una banda sonora que respira, que duda, que recuerda. Y en esa respiración compartida entre cine y composición, la película encuentra una de sus dimensiones más poderosas. Más que un acompañamiento, el soundtrack de Hania Rani es un espacio emocional. Un lugar donde el espectador puede quedarse un momento más, escuchando lo que permanece cuando la imagen ya se ha ido.

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