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Squarepusher y la orquesta imposible: Kammerkonzert como síntesis de una mente inagotable

Hablar de Squarepusher es hablar de uno de los cerebros más inquietos y radicales de la música electrónica contemporánea. Desde mediados de los 90, Tom Jenkinson ha operado en un territorio propio: una zona donde el drum & bass se funde con el jazz, donde la programación digital adquiere el vértigo de la improvisación y donde la técnica nunca está por encima de la emoción, aunque a veces lo parezca. Con Kammerkonzert (2026), publicado por Warp Records, Jenkinson vuelve a hacer lo que mejor sabe: reinventarse sin traicionarse. Un “concierto de cámara” para el siglo XXI El título del disco —Kammerkonzert, “concierto de cámara”— no es casual. Este nuevo trabajo se plantea como una reinterpretación de la música académica desde la lógica de la electrónica. No hay orquesta real, pero sí una ilusión: capas de cuerdas, piano, maderas y texturas que se entrelazan con precisión quirúrgica, ejecutadas en su mayoría por el propio Jenkinson mediante sistemas híbridos y programación avanzada . El resultado es un álbum que: En piezas como “K10 Terminus” o “K13 Vigilant”, la sensación es la de escuchar a Mozart reprogramado para la era digital: escalas frenéticas, arreglos barrocos y una energía que nunca termina de asentarse . Menos máquina, más composición Si en discos recientes como Be Up a Hello (2020) o Dostrotime (2024) Squarepusher exploraba su faceta más agresiva y rítmica, aquí hay un giro evidente hacia lo compositivo. No se trata de abandonar la electrónica, sino de desplazarla: Este cambio de textura no implica una ruptura radical, sino una mutación. Como han señalado algunas críticas recientes, Kammerkonzert funciona más como una “reformulación” que como una revolución dentro de su lenguaje . Una discografía imposible de domesticar Para entender Kammerkonzert hay que entender la trayectoria de Squarepusher. Desde Feed Me Weird Things (1996) hasta obras clave como: Jenkinson ha construido una discografía que desafía cualquier categorización estable. Su música ha sido etiquetada como: pero en realidad funciona como un lenguaje propio. Kammerkonzert, su álbum número 20+ dentro del proyecto, confirma algo clave: Squarepusher no evoluciona linealmente; se desplaza en espiral. Cada disco revisita ideas anteriores desde nuevas herramientas. Trascendencia: el arquitecto del caos controlado Dentro del catálogo de Warp Records —hogar de figuras como Aphex Twin o Autechre— Squarepusher ocupa un lugar particular. Mientras otros exploran lo abstracto o lo cerebral, Jenkinson introduce: Su música no solo se escucha: se experimenta como un sistema en constante colapso y reconstrucción. ¿Obra menor o reafirmación de un maestro? Kammerkonzert no es un disco de ruptura. No redefine la electrónica ni inaugura una nueva etapa radical en la carrera de Squarepusher. Pero tampoco lo necesita. Lo que hace —y lo hace con maestría— es refinar una idea: la posibilidad de que la música electrónica funcione como composición clásica contemporánea. Es, en ese sentido, un disco de madurez: Conclusión Kammerkonzert confirma que Squarepusher sigue siendo un artista imposible de domesticar. A más de tres décadas de carrera, continúa explorando nuevas formas de tensión entre lo humano y lo digital, entre lo orgánico y lo programado.

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Boards of Canada enciende rumores de regreso con misteriosos VHS enviados a fans

. Un puñado de cintas analógicas, imágenes degradadas y sonidos crípticos bastaron para reactivar una de las esperas más largas de la electrónica contemporánea. Boards of Canada, un proyecto que históricamente ha preferido operar desde el misterio, la sugestión y la desorientación emocional. Esta semana, el legendario dúo escocés volvió a instalarse en el centro de la conversación luego de que varios fans reportaran haber recibido extrañas cintas VHS vinculadas, presuntamente, con canales de distribución relacionados con Warp Records y Bleep. El rumor tomó fuerza tras la difusión de un video en Reddit, donde puede verse material visual con fuerte desgaste analógico, ruido de cinta, símbolos ambiguos y una banda sonora compuesta por texturas de onda corta, voces procesadas y fragmentos que muchos ya interpretan como una pista clara de que algo nuevo se aproxima. No hay confirmación oficial, pero en el universo de Boards of Canada rara vez las cosas aparecen “por accidente”. La estética del enigma como lenguaje propio Si algo ha distinguido a Boards of Canada desde sus inicios es su capacidad para convertir el misterio en parte esencial de su obra. Más que lanzar discos, el dúo formado por Michael Sandison y Marcus Eoin ha construido un imaginario entero: cintas encontradas, recuerdos escolares deformados por el tiempo, melodías infantiles contaminadas por una sensación de amenaza latente, nostalgia convertida en alucinación. Su música nunca ha dependido únicamente del sonido; también vive en sus silencios, en sus ausencias y en esa manera tan suya de sugerir más de lo que revela. Por eso, el gesto de enviar VHS físicos a algunos seguidores —si es que efectivamente se confirma su autenticidad— no resulta gratuito ni meramente decorativo. Tiene sentido total dentro del archivo emocional que Boards of Canada ha cultivado durante décadas: un universo donde la tecnología vieja, el deterioro magnético y la memoria distorsionada no son accesorios retro, sino parte del lenguaje mismo. Las teorías ya están corriendo Entre las especulaciones más repetidas por la comunidad de fans hay dos posibilidades principales: Algunos usuarios han señalado que dentro del audio de las cintas podrían escucharse fragmentos que remiten a Societas x Tape, la extensa mezcla curada por el dúo para NTS Radio en 2019, mientras que otros detectaron voces invertidas, símbolos religiosos y aparentes datos codificados en la señal. La conversación ya se expandió hacia foros especializados y comunidades de coleccionistas, donde la expectativa convive —como siempre con Boards of Canada— con una buena dosis de paranoia y escepticismo. Y es que tampoco sería la primera vez que el grupo recurre a una estrategia así. Antes del lanzamiento de Tomorrow’s Harvest en 2013, Boards of Canada activó una de las campañas más fascinantes de la música electrónica reciente: códigos ocultos en transmisiones, pistas fragmentadas, ediciones físicas limitadas y una narrativa de búsqueda colectiva que convirtió la espera en parte del propio lanzamiento. Aquella campaña no solo fue brillante desde el marketing; también fue coherente con el tipo de experiencia que el dúo siempre ha propuesto: escuchar como quien descifra una señal perdida. Más de una década de silencio… y un culto intacto Si estos VHS efectivamente anticipan material nuevo, estaríamos ante la primera música inédita de Boards of Canada en más de diez años, desde la publicación de Tomorrow’s Harvest. Y eso, por sí solo, bastaría para convertir este posible regreso en uno de los acontecimientos más importantes del año para la electrónica de culto. Porque Boards of Canada no es simplemente otro nombre grande del catálogo de Warp. Su obra —desde Music Has the Right to Children hasta Geogaddi, The Campfire Headphase y el propio Tomorrow’s Harvest— ayudó a redefinir la sensibilidad emocional de la electrónica moderna. Su influencia puede rastrearse en artistas tan distintos como Radiohead, Burial o incluso Solange, y su huella sigue siendo visible en el ambient, el IDM, el downtempo, el hauntology y buena parte de la música que trabaja con la memoria como materia sonora. Lo más importante: Boards of Canada volvió a sentirse cerca Más allá de si este movimiento desemboca en un álbum, una reedición o una simple intervención conceptual, lo cierto es que Boards of Canada ya logró algo esencial: volver a activar esa sensación de acontecimiento raro, casi sagrado, que solo muy pocos artistas conservan. En un presente saturado de lanzamientos instantáneos, ruido algorítmico y anuncios descartables, el simple hecho de que unas cuantas cintas VHS hayan provocado semejante oleada de fascinación dice mucho del lugar que el dúo sigue ocupando en la cultura musical. Esto sigue en terreno de especulación; por ahora no hay confirmación oficial de Boards of Canada ni de Warp Records, pero sí hay suficientes huellas públicas como para seguir el rastro. Links de referencia: https://www.reddit.com/r/boardsofcanada/comments/1se7wuc/boards_of_canada_2026_vhs_promo/ Explicación del rumor: https://www.reddit.com/r/boardsofcanada/comments/1sep56t/can_someone_explain_what_is_happening_right_now/?utm_source=chatgpt.com

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Paradises: Ladytron y el arte de seguir sonando al futuro

. A 25 años de su nacimiento, Ladytron demuestra que la elegancia fría, la melancolía sintética y la visión pop todavía pueden mutar. Ladytron, grupo que lleva más de dos décadas desafiando esa condena con una fórmula que no depende de la nostalgia, sino de la mutación. Su nuevo álbum, Paradises, lanzado el 20 de marzo de 2026 a través de Nettwerk, no busca resucitar el electroclash de principios de siglo ni reactivar la postal Y2K de la que tantas veces se les ha querido hacer rehén. Lo que hace, en cambio, es algo mucho más complejo y más interesante: reafirmar que Ladytron nunca fue una moda, sino una visión. Desde su aparición a finales de los noventa, Ladytron entendió algo que muchísimas bandas de synth-pop jamás terminaron de comprender: la electrónica no tenía por qué sonar pulcra, y el pop no tenía por qué renunciar al misterio. En su música siempre convivieron la sensualidad mecánica, la dureza industrial, la elegancia europea, la frialdad de la máquina y un corazón profundamente melancólico. Por eso, incluso cuando fueron agrupados —a veces con pereza crítica— dentro del boom del electroclash, ellos ya estaban pensando más allá. No eran solo una banda “cool”; eran una banda con lenguaje propio. Y esa es precisamente la sensación que deja Paradises: la de escuchar a un grupo que sigue hablando con una voz inconfundible, aunque haya cambiado el paisaje que lo rodea. Un disco que no suena a regreso, sino a continuidad viva Lo primero que llama la atención en Paradises es que no intenta recuperar la dureza de sus años más ásperos ni repetir la solemnidad etérea de sus discos más atmosféricos. Aquí Ladytron parece haberse permitido una suerte de apertura luminosa, aunque no necesariamente “feliz”. Hay una energía más expansiva, menos encapsulada en la penumbra industrial de otros momentos de su carrera. Según la recepción crítica temprana, el disco gira hacia una paleta más soleada, más orgánica y, por momentos, incluso más juguetona, sin perder del todo esa sensación de distancia elegante que siempre los ha definido. Pero conviene decirlo con claridad: Paradises no es un disco cálido en el sentido convencional. No estamos ante una reconciliación complaciente con el pop brillante ni ante un intento de “humanizar” artificialmente su sonido. Lo que hace Ladytron aquí es descongelar ligeramente su universo, permitiendo que entren nuevos colores, nuevas texturas y un sentido más dúctil del movimiento. El resultado es un álbum que respira con más amplitud, pero que sigue habitado por la misma tensión emocional de siempre: deseo, extrañeza, belleza, decadencia, vigilancia, fantasía. Hay canciones que funcionan como espejos muy claros de esa nueva etapa. Temas como “Kingdom Undersea”, “Caught in the Blink of an Eye” o “I Believe You” muestran una banda menos interesada en imponer una muralla estética y más enfocada en dejar que la atmósfera se vuelva permeable. Sigue habiendo capas sintéticas, pulsos hipnóticos y esa arquitectura sonora minuciosa que distingue a Ladytron, pero ahora con un mayor margen para la flotación, el ensueño y cierta rareza pastoral. No es casual que algunas reseñas hayan hablado de una veta más “naturalista” o mística en el álbum. Ladytron sigue sonando futurista, sí, pero aquí el futuro ya no parece una ciudad de neón vacía; más bien, un jardín electrónico cubierto de niebla. La elegancia de la contención Una de las mayores virtudes de Ladytron siempre ha sido su capacidad para hacer que la contención suene poderosa. Nunca han necesitado el maximalismo escandaloso de otras bandas electrónicas para construir identidad. Su fortaleza está en la tensión, en el detalle, en la sensación de que cada elemento está colocado con una intención muy precisa. Paradises mantiene esa ética de diseño sonoro, aunque la desplaza hacia una escucha menos agresiva y más envolvente. Eso puede generar una división natural entre oyentes. Quienes prefieren el filo sintético de 604, la fisicidad inmediata de Light & Magic o el músculo oscuro de Witching Hour quizá encuentren aquí un disco menos frontal. Pero sería un error leer eso como debilidad. Más bien, Paradises se presenta como un álbum de madurez estética, donde Ladytron ya no necesita probar nada. Su gesto no es el del impacto inmediato, sino el de la permanencia. Es un disco que se infiltra más que imponerse; que seduce más que golpea. Y en ese sentido, el título no podría ser más acertado. Paradises no habla de un solo paraíso, sino de múltiples espacios posibles: interiores, imaginarios, sensoriales, afectivos. Ladytron no describe el paraíso como plenitud, sino como una zona ambigua entre belleza y artificio, entre refugio y extrañamiento. Y esa ambigüedad ha sido, desde siempre, su verdadero territorio. La transformación después de Reuben Wu Hay otro elemento importante para leer este disco: Paradises es el primer álbum del grupo tras la salida de Reuben Wu en 2023, lo que deja a la formación histórica reducida al núcleo de Helen Marnie, Mira Aroyo y Daniel Hunt. Eso podría haber significado una pérdida estructural fuerte, pero el álbum no suena como una banda en repliegue; suena como una banda en reconfiguración. De hecho, parte de lo interesante de Paradises está en cómo absorbe ese cambio sin convertirlo en discurso. No hay dramatismo de “reinicio”, no hay marketing de reconstrucción. Hay algo mucho más elegante: Ladytron simplemente sigue. Y ese “seguir” es una declaración artística muy poderosa. Después de más de 25 años, continuar sin volverse museo ya es, en sí mismo, una forma de resistencia. Ladytron: una carrera construida contra la obsolescencia Para entender por qué Paradises importa, hay que mirar la carrera completa de Ladytron. Formados en Liverpool en 1999, emergieron en un momento particularmente fértil para la música electrónica alternativa: cuando el post-rave, el electro, el post-punk revival y la estética Y2K estaban redefiniendo el lenguaje de los clubes y del indie. Pero incluso en ese contexto, Ladytron sonaban distintos. Su debut, 604 (2001), ya revelaba una identidad que combinaba frialdad robótica, glamour decadente y un oído muy fino para la melodía. Después llegaría

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Kamasi Washington y su galaxia: quiénes son los músicos que lo acompañan

Hablar de Kamasi Washington es hablar de uno de los músicos más importantes del jazz contemporáneo. Pero también es hablar de una idea mucho más grande: la de la música como comunidad. Desde que irrumpió con The Epic en 2015, el saxofonista de Los Ángeles dejó claro que su propuesta no se trataba solamente de virtuosismo, solos monumentales o ambición espiritual. Lo suyo era —y sigue siendo— crear universos colectivos. Washington ha sido una figura clave para acercar el jazz a nuevas generaciones, mezclando espiritual jazz, funk, soul, hip hop, música clásica, psicodelia y groove angelino en un mismo cuerpo sonoro. No es casualidad que haya orbitado alrededor de nombres como Kendrick Lamar, Thundercat, Flying Lotus o André 3000: Kamasi representa una forma de entender el jazz no como reliquia, sino como lenguaje vivo, político, expansivo y profundamente contemporáneo. Además de su trabajo como solista, es miembro fundador del colectivo West Coast Get Down, una de las células creativas más importantes del jazz de Los Ángeles en el siglo XXI. Y si algo ha quedado claro con discos como Heaven and Earth o Fearless Movement, es que Kamasi no camina solo. Su música se sostiene en una constelación de músicos brutales, muchos de ellos amigos, cómplices y colaboradores de toda la vida. Ellos no están “acompañándolo”: son parte del mensaje. Brandon Coleman — el alquimista de los teclados Uno de los nombres más importantes dentro del universo de Kamasi es Brandon Coleman, tecladista esencial de su sonido. Coleman aporta una mezcla de jazz fusión, P-Funk, G-funk, gospel y psicodelia que convierte cada arreglo en algo elástico y futurista. Si Kamasi representa la dimensión espiritual y expansiva del ensamble, Brandon suele ser el responsable de inyectarle color, viscosidad y electricidad. En vivo, su presencia es fundamental porque no toca como un simple “acompañante armónico”: desordena, abre puertas, muta el paisaje. En Fearless Movement volvió a aparecer entre los colaboradores clave, reafirmando su lugar como uno de los músicos más importantes dentro de este ecosistema. Miles Mosley — el bajo como columna vertebral Miles Mosley no es un bajista cualquiera. Es uno de esos músicos capaces de tocar como si estuviera empujando una montaña. Su sonido, profundo y musculoso, ha sido crucial en la arquitectura del Kamasi más épico: ese que convierte el jazz en una experiencia casi cinematográfica. Mosley combina virtuosismo técnico, peso físico y sensibilidad melódica, y eso lo vuelve indispensable dentro de la estética de Washington. Su bajo no solo sostiene: también narra, dramatiza y eleva. Además, su trabajo solista ha demostrado que es una figura con identidad propia dentro de la escena angelina. Ronald Bruner Jr. — el caos controlado Si alguna vez has escuchado a Kamasi Washington en vivo y te has preguntado por qué la batería parece ir en combustión permanente, mucho de eso tiene que ver con Ronald Bruner Jr.. Hablamos de uno de los bateristas más explosivos, libres y técnicamente salvajes de su generación. Bruner Jr. viene de una escuela donde el jazz no se entiende sin riesgo, empuje físico y una lectura casi telepática del ensamble. Su estilo puede pasar de la sutileza al colapso glorioso en segundos, y esa elasticidad ha sido clave para el dramatismo de la música de Kamasi. Tony Austin — pulso, groove y músculo En el universo de Kamasi también ha sido fundamental Tony Austin, otro baterista clave de su círculo cercano. Si Bruner Jr. representa el fuego desatado, Austin suele encarnar una energía más terrenal, funk y profundamente rítmica. En varias formaciones en vivo, Kamasi ha trabajado con configuraciones donde la batería no solo marca tiempo: empuja la narrativa. Austin ha sido parte de ese poder colectivo que hace que los conciertos del saxofonista se sientan menos como recitales de jazz y más como una ceremonia eléctrica. En reseñas recientes de sus conciertos, su nombre ha sido destacado como una pieza crucial en el engranaje rítmico de la banda. Ryan Porter — el trombón como fuerza espiritual Ryan Porter es otra de las figuras fundamentales dentro del universo Kamasi. Su trombón no está ahí para rellenar espacio: está ahí para ensanchar la emoción. Porter tiene esa capacidad rara de sonar al mismo tiempo elegante, agresivo, cálido y cósmico. Su papel en el ensamble es vital porque ayuda a construir ese sonido de “big band futurista” que distingue a Washington. En vivo, además, suele ser uno de los músicos que mejor entiende el equilibrio entre disciplina y libertad. No sorprende que también haya brillado en reseñas recientes de los shows de Kamasi, donde sus solos han sido descritos como momentos de auténtico vuelo. Patrice Quinn — la voz del espíritu Dentro de la dimensión más soulful y ceremonial de Kamasi, Patrice Quinn ocupa un lugar muy especial. Su voz ha sido una presencia recurrente en el catálogo de Washington y funciona como un puente entre el jazz espiritual, el soul, el góspel y la trascendencia emocional. Cuando Patrice aparece, la música de Kamasi deja de ser únicamente instrumental y se convierte en algo todavía más humano, más táctil, más conmovedor. Su presencia en Fearless Movement y en otras etapas del universo Washington confirma que no es una invitada ocasional, sino una extensión natural de su visión artística. Terrace Martin — el gran puente entre el jazz y el hip hop Pocos nombres explican mejor la importancia cultural de Kamasi Washington que Terrace Martin. Martin no solo es un músico excepcional: es una de las figuras más importantes en el diálogo entre jazz, rap, soul, G-funk y producción contemporánea. Su relación con Kamasi es importante porque ambos encarnan una misma idea: que el jazz no está aislado del presente, sino en conversación constante con la música negra contemporánea. Martin ha sido colaborador clave en el universo creativo de Los Ángeles y su presencia en el nuevo disco de Kamasi refuerza esa continuidad entre sofisticación armónica y calle. Thundercat — el amigo, el mutante, el cómplice Hablar del círculo de Kamasi sin mencionar a Thundercat sería directamente un crimen.

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The Lemon Twigs regresan con Look For Your Mind!, un nuevo álbum entre la paranoia y el pop perfecto

En una época donde casi todo parece correr demasiado rápido, The Lemon Twigs han decidido hacer lo contrario: detenerse a perfeccionar la canción pop como si aún fuera un arte mayor. Y ahora, el dúo neoyorquino formado por los hermanos Brian y Michael D’Addario está listo para abrir un nuevo capítulo con Look For Your Mind!, su sexto álbum de estudio, programado para salir el 8 de mayo a través de Captured Tracks. El anuncio llega acompañado por “I Just Can’t Get Over Losing You”, un primer sencillo que vuelve a confirmar una de las mayores virtudes de la banda: hacer que la nostalgia suene viva, elegante y ligeramente extraña. Porque si algo ha distinguido a The Lemon Twigs desde sus inicios es esa capacidad de tomar la tradición del pop barroco, el soft rock setentero, la melodía beatle y el teatro glam, y convertirlo en algo que no se siente como simple revival, sino como una obsesión cuidadosamente actualizada. El pop luminoso también puede esconder ansiedad Aunque a primera escucha el nuevo material parece moverse dentro de ese universo soleado, melódico y pulcro que The Lemon Twigs ha venido refinando en los últimos años, Look For Your Mind! también parece esconder una tensión más oscura. Según la información compartida con el lanzamiento, el disco carga un trasfondo de paranoia, sospecha y desorientación emocional, una lectura que dialoga perfectamente con el presente y con la manera en que la banda ha aprendido a disfrazar la incomodidad existencial bajo armonías impecables. Brian D’Addario resumió el espíritu del álbum con una frase tan sencilla como certera: hay que aferrarse a la mente propia para no perderla. Y eso es justamente lo que vuelve tan interesante este nuevo anuncio: The Lemon Twigs no parecen interesados en repetir una fórmula complaciente, sino en seguir explorando cómo la canción clásica puede contener fracturas, rareza y una sensibilidad emocional más compleja de lo que aparenta. Una nueva etapa más abierta y colaborativa Otro de los elementos que vuelven atractivo este lanzamiento es que, por primera vez de manera más formal, el universo de estudio de The Lemon Twigs se abre a músicos que ya eran parte esencial de su experiencia en vivo. En Look For Your Mind! participan Reza Matin en la batería y Danny Ayala en el bajo, además de Eva Chambers, integrante de Tchotchke, quien también suma presencia en esta nueva etapa. Este detalle no es menor. Durante buena parte de su trayectoria, los hermanos D’Addario se han distinguido por tener un control casi obsesivo de su obra: escriben, arreglan, producen y ejecutan con una precisión que raya en lo quirúrgico. Abrir ese espacio a otros músicos no necesariamente significa perder identidad; más bien sugiere una evolución natural hacia una versión más expansiva y orgánica de su sonido. Si sus discos anteriores ya habían mostrado una madurez compositiva notable, este nuevo álbum podría representar un momento donde esa disciplina se encuentre con una energía más colectiva, más libre y quizá incluso más impredecible. Después de dos discos clave La noticia de Look For Your Mind! también llega en un momento particularmente importante dentro de la carrera de The Lemon Twigs. Sus dos trabajos previos, Everything Harmony (2023) y A Dream Is All We Know (2024), ayudaron a consolidar a la banda no solo como un proyecto de culto, sino como una de las propuestas más refinadas y consistentes del pop rock contemporáneo. En especial, canciones como “My Golden Years” ayudaron a reforzar la idea de que lo suyo ya no era solamente un ejercicio de estilo, sino una propuesta con identidad propia y una escritura realmente notable. En ese sentido, Look For Your Mind! no llega como un simple “nuevo disco”, sino como la continuación lógica de una etapa especialmente inspirada. Una en la que The Lemon Twigs parecen haber entendido con absoluta claridad qué tipo de banda quieren ser: una que honra el pasado, sí, pero que también sabe retorcerlo lo suficiente para que siga sorprendiendo. Tracklist de Look For Your Mind! El álbum contará con 14 canciones, y desde los títulos ya se adivina una mezcla de romanticismo, conflicto interno y teatralidad pop muy en la línea del grupo: Solo con esos nombres ya se puede intuir que el disco podría moverse entre el enamoramiento, la pérdida, la ansiedad y cierta ironía sentimental que tan bien le sienta a la banda. Una gira para llevar el nuevo capítulo al escenario Además del anuncio del álbum, The Lemon Twigs también revelaron una gira internacional en 2026 que incluirá fechas por Estados Unidos, Canadá, Reino Unido e Irlanda, consolidando el impulso de esta nueva etapa. El tour incluye recintos como The Fillmore en San Francisco, O2 Shepherd’s Bush Empire en Londres y varias fechas clave por Norteamérica y Europa, lo que confirma que la banda sigue creciendo como un acto en vivo cada vez más sólido y querido. Y no es para menos: si en estudio The Lemon Twigs ya son detallistas hasta el extremo, en vivo suelen convertir ese perfeccionismo en algo mucho más vibrante, inmediato y juguetón. Aferrarse a la melodía en tiempos raros Quizá eso es lo que vuelve tan especial a The Lemon Twigs en el panorama actual: su fe absoluta en la melodía. En un momento donde gran parte del pop alternativo parece debatirse entre la ironía, el cinismo o la descomposición digital, ellos siguen apostando por canciones que creen en el estribillo, en la armonía vocal, en el arreglo bien construido y en el poder de una estructura pop casi perfecta. Pero lo más interesante es que esa fe nunca ha sido ingenua. Detrás de sus canciones siempre hay algo raro, algo desacomodado, algo que rompe la superficie de belleza con un gesto inesperado. Y si Look For Your Mind! realmente va a profundizar en esa mezcla de claridad melódica y ruido mental, entonces podría convertirse en uno de los lanzamientos más interesantes de su carrera reciente. Porque a veces, en medio del caos, también hace falta

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Madvillainy: el cómic sonoro que convirtió a MF DOOM y Madlib en leyenda

Madvillain fue un dúo y supergrupo de hip hop alternativo formado por MF DOOM y Madlib. Su álbum de debut, Madvillainy, fue bien recibido por la mayoría de la crítica por su enfoque: canciones cortas, pocos estribillos y un sonido generalmente nada comercial. De dicho álbum también se lanzó una remezcla completa titulada Madvillainy 2: The Madlib Remix, lanzada en 2008. Madvillainy, el único álbum de estudio del dúo Madvillain, pertenece a obras que no solo envejecen bien, sino que con el tiempo se vuelven más misteriosas, más influyentes y grandes. Lanzado el 23 de marzo de 2004 por Stones Throw Records, el disco fue el resultado de una colisión casi mitológica entre dos mentes obsesivas: el villano enmascarado MF DOOM y el alquimista del sample Madlib. Y sí, hay muchos discos a los que se les llama “de culto” demasiado pronto. Pero Madvillainy sí se ganó ese lugar a pulso: no porque buscara ser una pieza de museo, sino porque desde el principio sonó como algo imposible de replicar. No era un disco de rap; era una dimensión propia Lo primero que uno entiende al escuchar Madvillainy es que este no es un álbum interesado en “entrar” fácil. No hay grandes coros, no hay estructuras convencionales, no hay sencillos pensados para la radio, y casi ninguna canción se desarrolla como esperarías. Muchas duran menos de dos minutos. Algunas terminan justo cuando empiezan a hipnotizarte. Otras parecen fragmentos de una transmisión pirata, como si hubieran sido capturadas en una frecuencia escondida entre la estática, la televisión vieja y el humo de un cuarto lleno de vinilos. Eso es precisamente lo que lo hace tan poderoso. Madvillainy no se siente como una colección de canciones, sino como un universo ensamblado con retazos de cómics, jazz torcido, caricaturas, soul polvoso, cintas mal grabadas y barras de otro planeta. Un collage vivo. Un mapa mental. Un laberinto. Y si funciona tan bien es porque sus dos arquitectos no estaban tratando de complacer a nadie. Estaban tratando de construir su propio lenguaje. MF DOOM: el rapero que escribía como si cada verso fuera una trampa Hablar de MF DOOM en Madvillainy es hablar de uno de los ejercicios de escritura más fascinantes que ha dado el hip hop moderno. DOOM no rapea aquí como un MC tradicional. No entra al beat para dominarlo de manera obvia, ni para subrayar cada punchline con dramatismo. Hace algo más extraño y más complejo: flota. Se desliza por encima de los ritmos de Madlib como si estuviera narrando desde otra habitación, como si estuviera improvisando con una calma casi absurda mientras, por debajo, cada línea está llena de dobles sentidos, aliteraciones, referencias, sarcasmo y juegos internos de rima. No “presume” su técnica. La esconde. Y esa es una de las razones por las que Madvillainy sigue atrapando a la gente dos décadas después: porque no es un disco que se agota en la primera escucha. Cada vez que vuelves, aparece una sílaba que no habías escuchado, un remate que pasó de largo, una imagen absurda que ahora sí pega. DOOM escribe como alguien que disfruta perderte a propósito. En “Accordion”, una de las aperturas más legendarias del rap de los 2000, ya está todo ahí: ironía, precisión, economía, humor, extrañeza. No necesita levantar la voz ni empujar el beat. Le basta con entrar y dejar claro que el villano ya está dentro del cuarto. Luego llegan piezas como “Meat Grinder”, “Figaro”, “All Caps” o “Rhinestone Cowboy”, y lo que aparece es un rapero en estado de absoluta libertad creativa. Uno que no parece estar compitiendo con nadie porque, honestamente, está haciendo otra cosa. Madlib: el productor que convirtió el caos en arquitectura Si DOOM es el narrador del mito, Madlib es el que diseñó la ciudad. La producción de Madvillainy sigue siendo una de las cosas más desconcertantes y hermosas que le han pasado al hip hop. En vez de buscar beats redondos, grandes o “limpios”, Madlib arma un paisaje de loops torcidos, baterías malhumoradas, voces robadas, películas viejas, jazz dislocado, psicodelia casera y texturas que parecen a punto de deshacerse. Y aun así, todo embona. Parte de la leyenda del disco viene de ahí: mucho del álbum fue construido con herramientas mínimas, incluyendo beats hechos por Madlib durante un viaje a Brasil, trabajando con un sampler portátil, una tornamesa y una grabadora de cinta. Lejos de sonar limitado, ese método le dio al disco una cualidad irrepetible: suena íntimo, extraño y portátil, como si hubiera sido hecho a escondidas en cuartos de hotel, sótanos y refugios antibomba, que de hecho no está tan lejos de la realidad. Lo genial de Madlib aquí no es solo su oído para samplear, sino su intuición narrativa. Sus beats no están “decorando” a DOOM: están creando atmósferas psicológicas. Hay momentos donde el disco parece caricaturesco, otros donde suena melancólico, paranoico, narcótico o incluso tierno. La producción nunca busca sonar grandilocuente. Busca sonar viva. Escuchar “Raid”, “America’s Most Blunted”, “Curls” o “Strange Ways” es entender que Madlib no estaba produciendo “pistas”, sino habitaciones mentales. La grandeza de lo fragmentario Una de las cosas más revolucionarias de Madvillainy es su rechazo absoluto a la idea de que un álbum de rap debe comportarse de cierta forma. Este disco está lleno de: Lo que hace Madvillain aquí es romper con la lógica de la “canción perfecta” y reemplazarla por una lógica de viñetas. Como si cada track fuera un panel distinto de un cómic surrealista. Por eso Madvillainy se siente tanto como una obra visual, aunque no tenga imágenes más allá de su portada icónica. El disco avanza como una novela gráfica hecha de loops, máscaras, humor negro y polvo. Hay secuencias enteras que parecen existir solo para construir mundo, no para “pegar”. Y eso es una maravilla. Porque en vez de darte una narrativa lineal, el álbum te obliga a habitarlo. No hay relleno; hay diseño Uno de los grandes milagros de Madvillainy es que, a pesar de su naturaleza fragmentaria, nunca

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La banda Sepultura realizará su gira de despedida final sin los hermanos Cavalera

Sepultura está realizando su gira de despedida final, “Celebrating Life Through Death”, celebrando 40 años de carrera antes de su disolución definitiva. Se espera que el concierto final sea en São Paulo, Brasil, en 2026, sin reunión con los hermanos Cavalera. La gira mundial incluye fechas en Norteamérica (con Exodus y Biohazard), Europa y Latinoamérica. Aquí detalles clave de la etapa final de Sepultura: Este video discute la ausencia de los hermanos Cavalera en el concierto final de Sepultura.

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Altar: el ritual de ruido que unió a Sunn O))) y Boris

Altar es un álbum colaborativo delgrupo japonés de música experimental Boris y la bandaestadounidense de drone metal Sunn O))) , lanzado el 31 de octubre de 2006 a través de Southern Lord Records ( SUNN62 ). Una edición limitada de dos CD fue lanzada el 23 de octubre a través de Southern Lord con una pista extra de 28 minutos con Sunn O))), Boris y Dylan Carlson , titulada “Her Lips Were Wet with Venom”. Hay discos que no se escuchan: se atraviesan. Obras que no fueron pensadas para acompañar una tarde, sino para desfigurar la percepción del tiempo, poner al cuerpo en alerta y recordarnos que la música pesada también puede ser una experiencia casi espiritual. Altar, la monumental colaboración entre Sunn O))) y Boris, pertenece exactamente a esa clase de álbumes. Publicado originalmente en 2006, el disco reunió a dos de los proyectos más radicales y visionarios del sonido pesado y experimental de su tiempo: por un lado, el abismo drónico y ceremonial de Sunn O))); por el otro, la naturaleza mutante de Boris, una banda capaz de navegar con la misma naturalidad entre el sludge, el noise, el shoegaze, el psych rock y la devastación absoluta. El resultado fue una obra que no se conformó con sonar pesada: quiso sonar total. Un encuentro inevitable Más que un “split de lujo” o una simple colaboración entre nombres de culto, Altar fue la consolidación de una afinidad artística profunda. Ambas entidades compartían una visión: entender la distorsión, la repetición y el volumen no como trucos de impacto, sino como herramientas de trance, densidad emocional y expansión sensorial. Desde su portada hasta su ejecución, Altar se siente como un ritual de comunión entre dos formas distintas de entender la oscuridad. Sunn O))) llega con sus riffs lentísimos, sus capas tectónicas y su obsesión por el peso físico del sonido; Boris aporta una sensibilidad más elástica, más psicodélica, más impredecible. La mezcla de ambas fuerzas no genera caos gratuito: genera arquitectura sonora. Un disco que no teme mutar Lo extraordinario de Altar es que, a pesar de su reputación de álbum “pesado”, no está construido únicamente desde la aplastante brutalidad. Claro, temas como “Etna” y “Blood Swamp” son verdaderas masas de lava sonora: lentas, ominosas, aplastantes. Pero en medio del humo aparecen grietas de belleza extraña, momentos donde el disco parece levitar. Ahí entra “The Sinking Belle (Blue Sheep)”, probablemente el corazón emocional del álbum. La participación de Jesse Sykes convierte la pieza en una anomalía hermosa dentro del paisaje dronero: una canción fantasmagórica, melancólica y profundamente hipnótica que demuestra que el peso también puede ser delicado, seductor y emocionalmente devastador. Luego está “Akuma No Kuma”, donde la oscuridad adquiere una forma más lúdica y surrealista, casi como si el álbum se permitiera sonreír con los colmillos puestos. Y más adelante, “Fried Eagle Mind” funciona como un puente perfecto entre la agresividad y la abstracción, reafirmando que este disco nunca quiso ser lineal ni cómodo. Pesadez como lenguaje, no como pose Uno de los mayores méritos de Altar es que entiende la pesadez como una experiencia física y psicológica, no solo como una estética metalera. Aquí el volumen no es un accesorio cool, sino una forma de alterar la escucha. El disco trabaja con la repetición, la textura, el aire, el eco y la espera como si estuviera construyendo un templo hecho de amplificadores y ceniza. Eso explica por qué Altar ha envejecido tan bien. No está atrapado en una tendencia de época ni en una escena específica. Aunque nace del drone metal, del doom y del noise, su verdadero territorio está en otro lado: en el arte de hacer que el sonido se sienta como una presencia viva. Y quizá ahí radica su importancia: no fue solo un gran disco colaborativo. Fue una obra que ayudó a demostrar que la música extrema podía ser también cinematográfica, abstracta, poética y profundamente inmersiva. Un altar para la música pesada de culto Con los años, Altar se ha consolidado como una pieza fundamental dentro de la discografía de ambas agrupaciones. No solo por lo ambicioso del cruce, sino porque representa un momento en el que dos mundos compatibles decidieron no contenerse en absoluto. La presencia de colaboradores como Kim Thayil, Dylan Carlson y otros músicos cercanos a este universo expandió todavía más el carácter comunal, casi litúrgico, del proyecto. Escuchar Altar hoy sigue siendo una experiencia exigente, pero también profundamente gratificante. No es un disco para poner “de fondo”. Es un disco para entrar. Para dejarse envolver por sus frecuencias, su niebla, su tensión y su misterio.

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